Llegados a este punto de la Feria del Caballo conviene hacer una serie de reflexiones estrictamente personales.

-Tobillos: como los de Kiko cuando se retiró.

-Gemelos: de ciclista escalador en un día libre.

-Intestinos: a su ‘aire’.

-Estómago: no sé qué programa de la lavadora es exactamente…

-Garganta: dura… no voy a caer en la gracieta de la peli porno.

-Dentadura: blanda… el rebujito convierte mis dientes en algo similar a los relojes blandos de Dalí.

-Boca: Afta no es una agencia de malvados en Mortadelo y Filemón.

-Ojos: es algo parecido a lo que ocurriría si en una sala de cine echaran continuamente cuando muere la madre de Bambi…

-Oído: me siento como Pete Townsend… seis días de Feria tienen el mismo efecto que cincuenta años tocando la guitarra en The Who. 

-Comprensión y raciocinio: marginal. Imposible por ahora sacarme de la cabeza “Ari-ari-a, ari-ari-o, ari-ari ay se la llevó” (o como se escriba, tengo internet para otras cosas).

-Bolsillo: ir a 20 por hora ya no es solo una velocidad.

Bien, amigos, llegados a este punto, como decía, no sé qué hacer. Quedan dos días de Feria. No sé si hacer caso a Napoleón –una retirada a tiempo es una victoria- o a Nietzsche –lo que no te mata te hace más fuerte-… Voy a rebuscarme en el bolsillo a ver si tengo un euro y lo lanzo… 



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