Parar al fascismo

Amenazar a los otros partidos con ilegalizarlos no representa valores de libertad. Llamar traidores a los diferentes es la primera piedra.

Javier Ortega Smith, dirigente de Vox, y Aitor Esteban, del PNV, en 'La Sexta Noche'.
Javier Ortega Smith, dirigente de Vox, y Aitor Esteban, del PNV, en 'La Sexta Noche'.

Lo mismo en Alemania que en España, el fascismo renace de sus viejas cenizas, nunca del todo apagadas. No es un problema fácil. Esos rescoldos van a pervivir siempre. Son los restos de una enfermedad crónica, el totalitarismo. Siempre se actuó tarde contra el totalitarismo desde las derechas conservadoras e incluso el liberalismo, visto como un hijo pródigo que insiste en no volver al hogar.

En el caso español, como en el alemán, la bestia vivía agazapada aparentemente domesticada en las filas de la derecha y marginalizada la que actuaba abiertamente como extrema derecha en pequeños grupos o partidos. Una bestia que atribuye a la socialdemocracia o a la izquierda democrática el calificativo de extrema izquierda, para crear así una pugna, artificial, y justificar su rudeza ideológica en nombre de unos valores presuntamente eternos ante los que una parte de la sociedad pueden llevar a conmoverse. Si hay un valor eterno es el de la libertad de todas las personas.

En España, la extrema derecha que quiere ilegalizar a todos los partidos que no comulgan con su concepto de país se nombra a sí misma constitucionalista, aunque es inconstitucional ilegalizar a los partidos que Vox desea ilegalizar, que Ciudadanos deseaba ilegalizar y PP desearía ilegalizar.

Igualmente inconstitucional es la eliminación de las comunidades autónomas, eliminación que esos que se dicen constitucionalistas desean en contra de la Constitución que ni respetan ni desean, en realidad. Nunca hablan de que sería necesario modificar radicalmente la Constitución de 1978 y nuestro sistema legal para lograr los objetivos que se proponen. Y amenazan, de diversas formas. Y amenazan la libertad de todos. Amenazan la libertad de quienes desearían otro modelo de país con respeto a la democracia y la libertad.

Hablar de nostálgicos del franquismo falsea la situación. Las fotografías tomadas en el salón de actos del Ateneo de Madrid, con un público en pie y el brazo fascista y nazi en alto, no es el retrato de la nostalgia sino el del terror y la muerte.

Una vez más, uno de los problemas que impide detener al fascismo es el interés económico en varias de sus vertientes. El neoliberalismo representado por las derechas, las mismas derechas que negocian y gobiernan con la extrema derecha. Los aparatos de algunos partidos políticos conservadores y derechizados que ven en peligro su poder de influencia y los salarios de los suyos, dado el ascenso de la ultraderecha, lo mismo en España que en Alemania. En Alemania, después de las elecciones de Thüringen, en las que la conservadora CDU perdió su hegemonía y pasó a la tercera posición, después de Die Linke y la ultraderecha, se han desatado la caja de grillos y las quejas dentro de la CDU sobre lo muy liberales que ellos mismos se habrían vuelto, expresión de la frustración por tener que abandonar el gobierno.

Las coaliciones de Andalucía y Madrid, para alcanzar o mantenerse en el Gobierno, han convertido a la ultraderecha en socialmente aceptable, cuando lo razonable sería mantener todas esas opciones políticas en los márgenes, gracias a una apuesta inteligente por unas políticas auténticamente democráticas.

Parece un error tratar de incorporar elementos de la palabrería radical o de sus deseos con el deseo de neutralizar las posiciones extremistas, o ignorar los excesos verbales o sus amenazas contra la libertad y la democracia. Un error del PP y de Ciudadanos aceptar varios gobiernos sostenidos sobre la ultraderecha. Un error del PSOE asumir un lenguaje político y unas Leyes propias de la derecha para tratar de ganar sus votos, esos famosos votos de la llamada mayoría silenciosa; ese eufemismo también denominado el centro.

La democracia liberal no debe caer en la mimetización con la extrema derecha, porque es una verdad de Perogrullo que si las palabras y los hechos de los constitucionalistas son anticonstitucionales, o quedan a dos milímetros de serlo, la mano será un puño.

Hoy hay que apelar a la sociedad más que nunca antes, más que cuando el golpe de Estado de Tejero, al combate democrático contra la ultra derecha y contra los excesos verbales que se mezclan con un patriotismo que no es constitucional. España no se rompe, ni se ha roto ni se va a romper. España seguirá desarrollando su existencia del mejor modo posible si todøs arrimamos el hombro de la democracia y la libertad. No hay ninguna razón para volver a los brazos en alto, a las persecuciones ni a la oscuridad. Lo que hoy está ocurriendo es la consecuencia de no haber empezado a hablar todavía, abiertamente, sobre lo ocurrido durante la larga noche de la dictadura. Cuanto antes empecemos a conversar sin amenazas, mejor para todos. El miedo les sirve a ellos para mangonearnos a nosotros, los que tenemos en común el respeto al otro en libertad.

A la libertad se llega con la libertad, con conceptos de libertad y democracia. Amenazar a los otros partidos con ilegalizarlos no representa valores de libertad. Llamar traidores a los diferentes es la primera piedra.

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