La plaza del Arenal, en Jerez, en el pasado.
La plaza del Arenal, en Jerez, en el pasado.

De nuevo, recibo de mi colega chileno Licenciado Jorge Rodolfo Foester una carta que, en lo que tiene de reconocimiento al mérito literario de nuestros paisanos Pepe López y Ramón Clavijo, me creo en el deber de transcribir:

“…ya las horas y los días pasan con violencia sobre mi figura quieta junto al balcón que me asoma al mar. Apenas si logro, amigo Rubiales, detenerme en un acontecimiento, una música, una pintura, para poder recrearme en la belleza. Intento vano. Los minutos pasan en tropel a mi alrededor. Cada segundo estoy más aquí pero más lejos. No sé expresarlo mejor. Pero en esto consiste básicamente la vejez: en un aceleramiento del tiempo, y en una pesadumbre del cuerpo. Entre medias, entre bostezo y bostezo, el alma bailotea caprichosamente el tango de los recuerdos…y aquí aparece de nuevo, como un fogonazo en la oscuridad, mi amada ciudad del Sur del Norte: Jerez de la Frontera. La pretenciosa y altanera capital de Tartessos, la primera civilización europea.

Nunca le agradeceré bastante al editor José Mateos que me envíe puntualmente a Valparaíso las novedades de su editorial Libros Canto y Cuento. En este caso, recién recibí la novela Operación Estraperlo tan cuidadosa y documentadamente escrita. En cierto sentido, su lectura actúa en mi como un bálsamo y un consuelo, lo que no deja de ser en parte la finalidad de toda obra literaria y aún artística. En mi caso, al traerme al presente tantas sensaciones que, un día lejano, fueron reales para mí. La luz dorada, el olor de los naranjos, de las bodegas y tabancos, el miedo escondido en los soportales de los patios de vecinos en donde el hambre y la muerte habían rondado con tanto furor hacía tan poco tiempo… y la delación. Esta traición tapada e impune a cambio de tu propia vida que fue durante tantos años la metáfora de la esencia española, la contraparte social al matonismo político. Dos caras de la misma moneda que se sustentan el uno al otro: matonismo/delación. En este llamado Cono Sur de América, en Argentina, en Uruguay y en Chile, sabemos bien en qué consiste esta mutua correspondencia. Este veneno social sobre el que se asientan y perviven todas las dictaduras para fusilar la dignidad de los ciudadanos y convertirlos en chivatos.

A usted puedo confesarle, amigo Rubiales -por quien siento la fraternidad de un paisanaje elegido- que a los sucesos novelescos e históricos que relatan la novela Operación Estraperlo no les concedo mayor importancia. Es el fondo social, el que tiene verdadero interés. Al menos, para mí. Esa fotografía en blanco y negro de miseria, hambre y piojos, de costureras y matuteros, de cartillas de racionamiento y de aprendices desarrapados. De ecos antiguos evocados con palabras y expresiones llenas de matices: perorata, trajín, carabina, tejemaneje, tonto de capirote, a brazo partido, ir vestida de casa, escapulario, gentío… o aquellas otras tomadas del argot taurino, tan cotidiano en aquellos años: echar un capote, entrar al trapo, buscar las tablas, derrotar por la derecha…Ninguna de ellas se lo pondría fácil al mejor traductor de castellano. Y todas hacen las delicias de un buen lector de nuestra lengua madre que encuentra linaje y parentesco más en Baroja que en la novela detectivesca inglesa.

Todas las mañanas leo después del desayuno. Por desgracia no hay churros en Valparaíso, pero sí tienen en el café Riquet y también en el Café del Poeta, ambos en la plaza de Aníbal Pinto, un oloroso de medio pelo que traen los corsarios holandeses, pirateado en cualquiera sabe qué colonia. Este oloroso médium, lejos, muy lejos del empaque de un amontillado o un palo cortado de Jerez, me ha ayudado a dedicar unos buenos ratos a la lectura y relectura de la novela referida. Y evocar la temporada que pasé entre ustedes en la que tengo por mi segunda patria chica: tan luminosa y tan oscura, tan preclara y tan ensimismada… Jerez de la Frontera…

Un último favor, amigo Rubiales, traslade al Licenciado Clavijo y al doctor López mis felicitaciones por su novela. Y por su buen temple para el toreo literario al alimón, suerte ésta -por cierto- en la que debutaron Pablo Neruda y Federico García Lorca con su Discurso al Alimón sobre Rubén Darío, en el hotel Plaza de Buenos Aires en 1933”.

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