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Gritad. Ante las injusticias y ante las mentiras. A todo aquello que merezca un chillido. Calladitas no estáis más guapas. Eso es mentira.

Que si alguna vez este texto, a cualquiera de las cinco, os resulta rancio, tutelado, reaccionario o retrógrado, decídmelo sin apuros, siempre hay tiempo de aprender y comprender. Pero es que veréis, los años avanzan, las edades se suceden y os observo justo en el umbral de la adolescencia y la juventud. En mitad de una sociedad que ensordece, asusta y encasilla, que alinea y os lo pone más difícil por ser joven y además mujer. Guardo cientos de recuerdos. Conservo los septiembres, el enero y los diciembres. Las vísperas de la escuela, de Reyes y Navidad. Reservo los primeros pasos y las últimas caídas, por si algún día nos sentamos y queréis que os lo enseñe con palabras.

Dudad. Os pido que dudéis de todo lo establecido. Una madre que se esconde con sus hijos, nunca será una delincuente. Las leyes no las hicieron quienes alguna vez se vieron ante la necesidad de huir. Las crearon los otros: los perseguidores. Por eso, Juana está en mi casa, y en la vuestra, incluso en el mismo dormitorio de las violaciones y los crímenes machistas. En la misma habitación de la discriminación social, laboral y salarial. 

Que yo sólo quiero que viváis sin miedo a caminar solas por la calle cuando cae la madrugada. Porque ellos prefieren ese temor sin fundamento. El terror en los pasos, el pánico en el camino oscuro. Soltarse la melena y disfrutad del recorrido, que no hay nada más bonito que deambular sin rumbo y a deshora, tal y como andan las personas que aún hablan de libertad. 

Gritad. Ante las injusticias y ante las mentiras. A todo aquello que merezca un chillido. Calladitas no estáis más guapas. Eso es mentira, os lo dice vuestro tío. La belleza es respondona y canalla; insumisa y rebelde. Por eso, el silencio lo merece quien somete la hermosura a unos labios cerrados y una boca conformista. No sois objetos ni trofeos. No sois un cuerpo ni un rostro. Por mucho que repitan las letras de esa música discotequera y rancia que escucháis con entusiasmo y aprendéis con emoción. A mí me arde cada frase cuando os imagino bailando entre canciones que lastran y golpean vuestra igualdad. Plantead cada palabra, escupidlas con desprecio cuando lo merezcan. Que nunca arrastre la corriente, porque ustedes, mis sobrinas, sois más fuertes.

Abanderad. Abrazad el feminismo con orgullo, que nadie se atreva a llamaros nazis ni radicales por aspirar, en medio de tanta barbarie, a un mundo mejor y justo. Romped las cadenas y los prejuicios, que no puedo evitar sentirme orgulloso cuando os atáis fuertes las botas de fútbol y dejáis en el armario el vestido de princesa. Compartid el tiempo con quien os apetezca y besad a quien os dé la gana. Las ganas vuestras, por supuesto, de nadie más. Sois dueñas de los noes y los síes, que nadie nunca os los arrebaten, os pertenecen. Como a tantas a las que se los robaron y despojaron sólo por ser tan mujer como vosotras.

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