El señor Scrooge.
El señor Scrooge.

¡Paparruchas! Era el gruñido habitual con el que el Sr. Scrooge despreciaba la Navidad y el sentimentalismo en la obra dickensiana Cuento de Navidad (A Christmas Carol).

Para Scrooge ese desprecio era aparentemente sencillo, pues lo hacía desde su atalaya de poder económico mientras que las pobres personas a las que dirigía ese bufido campaban felices por unas horas, ajenas a su pobreza material gracias a la magia de la Navidad. El gruñido tenía enmienda, aunque no les quiero destrozar la obra, por si no la han leído, gracias a la visita nocturna de tres fantasmas que, además de aterrorizar al viejo y  avaro Ebenezer Scrooge, le mostraban la alternativa.

La fecha tiene ese poder doble de alegría y nostalgia: hacer olvidar, por unas horas, las penalidades de todo un año y compartir espacio, cariño y añoranza por quienes no están mientras se come lo que haya, que a veces no es mucho.

Confieso que esta Navidad de 2019 estoy más señora Scrooge que nunca, a pesar de que dos miembros de mi prole han vuelto a casa, como el anuncio del turrón que todavía no hemos comprado.

Me van a tener que venir a visitar para que me enmiende no tres fantasmas, que en Jerez no sería difícil, porque tenemos una jartá, sino un ejército completo de zombies. La Navidad apenas se mantiene a flote en el inmenso océano de hipocresía en el que vivimos.

Celebramos el nacimiento de un niño en un pesebre, pero no somos capaces, como sociedad, de acoger y educar a otros niños y niñas que vienen buscando un futuro mejor que el que tienen en sus países. Porque acoger y educar no es lo mismo que crear guetos en los centros, con escasos recursos y desentenderse de ellos cuando apenas cumplen los 18 años, sin lugar adonde ir.

Celebramos la fecha, muchas veces, gracias al sobreesfuerzo de las madres y de las abuelas, que pasan días limpiando, haciendo sitio, comprando, cocinando y, mientras el resto disfruta alegremente la cena, sirviendo, calentando, retirando los platos consumidos y volviendo a servir sin que, más allá de decirle, a veces a gritos, que se siente, nadie se levante a compartir con ella ese esfuerzo.

Celebramos a pesar de que el planeta se nos muere, mejor dicho, lo estamos matando; y no existe un acuerdo serio, de mínimos, que no choque contra las necesidades individuales de crecimiento de un sistema económico global que premia y castiga sin tener en cuenta invasiones económicas o militares, deslocalización, esclavitud,…

Para colmo, no hace mucho salieron a la luz cartas —documentadas por John Bowen, profesor de Literatura del siglo XIX en la Universidad de York, al norte de Inglaterra—, que prueban que Charles Dickens, extraordinario descriptor de la sociedad victoriana y un verdadero mago de las palabras, fue el ser más despreciable con su esposa Catherine a la que, tras 20 años de matrimonio y 10 hijos en común, intentó encerrar en un manicomio, tildándola de loca, filtrando incluso la llamada “carta violada” a la prensa, para vivir sin problemas su nuevo romance con una conocida actriz. Porque lo cortés no quita lo valiente, oiga.

No sé yo si estamos para celebrar ni para contarnos cuentos de Navidad; ni sé yo si tanta negrura va ser, al final, sólo porque ayer no me tocó la lotería…

¿Cómo les ha ido a ustedes? Si tampoco les ha tocado, hagan lo que puedan, ¡Feliz Navidad!

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