Pajaritos en la cabeza

Hay personas que confunden el realismo con el miedo propio. Que llaman madurez a la renuncia y sensatez a la quietud

09 de enero de 2026 a las 10:46h
La Cámara de los Comunes, en Londres.
La Cámara de los Comunes, en Londres.

Hay expresiones que se dicen con ligereza, como quien espanta una mosca, y que sin embargo se quedan a vivir dentro. Pajaritos en la cabeza es una de ellas. Suena casi amable, incluso graciosa, pero encierra una advertencia: no sueñes demasiado, no te salgas del camino marcado, no levantes el vuelo. Es la forma educada —y a veces no tanto— de decirle a alguien que sus aspiraciones sobran, que su deseo incomoda, que sería mejor que bajara la vista y caminara recto, sin desviarse. Es una expresión que me ha acompañado a lo largo de los años, sobre todo cuando echo la vista atrás y comparo quién me rodeaba entonces y quién lo hace ahora. No tanto por nostalgia como por comprensión. Porque hay una diferencia radical entre vivir rodeada de personas que te cortan las alas y hacerlo entre quienes, aunque no entiendan del todo adónde vas, te ayudan a preparar el equipaje. 

Cuando estudiaba Artes Plásticas y Diseño en Jerez me concedieron la primera beca Erasmus Plus de la Escuela de Arte. De pronto, Italia se abría ante mí como la promesa que me había hecho a mí misma hacía años: museos, talleres, ciudades atravesadas por siglos de belleza. No era una huida, ni una renuncia a lo que hacía aquí; era una ampliación del mundo. Sin embargo, la reacción más cercana no fue de alegría. Fue una orden: “Aquí no se habla más del viaje a Italia”. No entendía qué buscaba fuera. Como si formarse en Jerez y viajar a Italia fueran caminos incompatibles. Como si el arte tuviera fronteras administrativas. Como si aspirar a más fuera una traición. Aquella frase hizo algo silencioso pero eficaz: me enseñó a callar. A rebajar la emoción. A no compartir según qué logros para no molestar. Aprendí, sin darme cuenta, que mis entusiasmos eran excesivos, que mis deseos resultaban incómodos, que soñar en voz alta tenía consecuencias. Y cuando una aprende eso joven, acaba caminando con cuidado, pidiendo permiso incluso para alegrarse. 

Años después, la escena es otra. He sido invitada a la cena anual de la Sherlock Holmes Society of London, que se celebrará en la Cámara de los Comunes. Un lugar cargado de simbolismo, de historia, de la palabra del pueblo. Y esta vez, la reacción más cercana ha sido sencilla y luminosa: mi marido se ha pedido los días necesarios para quedarse con los perros y que yo pueda ir sin preocupaciones. No hay reproche, ni celos, ni incomprensión. Hay apoyo práctico. Hay alegría compartida. Hay un 've, disfruta, esto también es tuyo' dicho sin palabras. 

Entre una escena y otra no solo han pasado años. Ha cambiado el ecosistema humano que me rodea. Y eso transforma el prisma. 

Porque nadie construye una vida —ni una vocación, ni una felicidad posible— en el vacío. Nos guste o no, somos el resultado de las conversaciones que tenemos, de las miradas que recibimos cuando contamos algo que nos importa, de los silencios que se imponen o se respetan. Cuando te rodeas de gente que minimiza tus aspiraciones, que se ríe de tus proyectos, que te recuerda constantemente lo improbable de lo que deseas, acabas encogiendo los hombros. No porque dejes de querer, sino porque te cansas de justificarte. 

Hay personas que confunden el realismo con el miedo propio. Que llaman madurez a la renuncia y sensatez a la quietud. Son quienes te dicen que publicar es imposible, que escribir no es un trabajo, que dedicarte a lo que amas es un capricho. No siempre lo hacen con mala intención; a veces es puro reflejo. Pero el efecto es el mismo: te acostumbran a pensar que lo que sueñas es demasiado, que tus pájaros molestan, que sería mejor mantener la jaula cerrada. 

En cambio, cuando te rodeas de personas que te apoyan —o, más aún, de personas que están intentando algo parecido— ocurre algo casi físico: enderezas la espalda. Empiezas a hablar en plural. Compartes dudas sin sentirte ridícula. Celebras los logros ajenos sin envidia porque sabes que no restan, que suman. El éxito deja de ser una competición y se convierte en un terreno común. Triunfar, he aprendido, no tiene nada que ver con estar montada en el dólar ni con acumular reconocimientos externos. Triunfar es poder dedicar tiempo y energía a lo que de verdad te hace feliz sin sentirte culpable por ello. Es levantarte por la mañana con la sensación —a veces frágil, pero persistente— de que estás donde quieres estar. Es tener a alguien al lado que no te pregunta por qué haces lo que haces, sino si necesitas algo para hacerlo mejor. 

Durante mucho tiempo me hicieron creer que tener pájaros en la cabeza era un defecto. Hoy sé que era una advertencia mal formulada: lo peligroso no es soñar, sino hacerlo rodeada de quienes quieren recortarte las alas. Los pájaros, al fin y al cabo, no están para adornar jaulas, sino para señalar el cielo. 

Y quizá no haya mayor éxito que ese: haber elegido bien a la gente que camina contigo. Porque cuando el entorno acompaña, los sueños dejan de parecer extravagancias y se convierten, poco a poco, en una forma legítima de estar en el mundo. Aunque siga habiendo pájaros. Aunque canten alto. Aunque no todo el mundo entienda la música.

Lo más leído