La cultura también se hace desde aquí

Si todo esto ha sido posible en un solo año, no quiero resignarme a la idea de que era una excepción. Quiero continuidad

02 de enero de 2026 a las 10:06h
La presentación de la Sociedad Literaria Sherlock Holmes.
La presentación de la Sociedad Literaria Sherlock Holmes.

Publico este texto el 2 de enero, cuando el año aún cruje al estrenarse, como un libro nuevo al que se le abre por primera vez el lomo. Hay días —y años— que no se desean: se invocan. Se colocan delante como quien traza un círculo en el suelo y decide no salir de ahí hasta que algo ocurra. Yo  quiero que 2026 —como mínimo— sea como 2025. Y no lo digo con superstición, sino con  memoria. 

Ha sido el año más literario de mi vida. No el más cómodo, ni el más descansado, ni siquiera el más ordenado. El más fértil. El más lleno de páginas, nombres, archivos, voces y conversaciones improbables. El año en que confirmé, sin épica pero sin duda, que escribir no era solo un oficio  solitario, sino también una forma de estar en el mundo. 

Llegué a enero con mi tercer libro recién publicado, La dama del Salado (Rhode Island, 2024), que vio la luz en octubre del año anterior, empezó a respirarse de verdad entonces, cuando dejó de ser solo mío y empezó a circular por manos ajenas. 

De aquella novela nació otra cosa: la necesidad de mostrar los cimientos. De sacar a la luz lo que suele quedarse en la penumbra del proceso creativo. Años de archivo, de lectura minuciosa, de nombres femeninos relegados a los márgenes de la historia. Así apareció Las fronteras. Mujeres en el Libro del Repartimiento de Jerez (Tierra de Nadie, 2025), publicado en marzo, casi como quien no quiere la cosa, y que terminó encontrando un lugar propio, distinto, inesperado. No era una  novela, pero tampoco era solo un estudio: era una conversación con el pasado, sostenida desde el  presente. 

En medio de ese proceso —cuando el trabajo de archivo aún respiraba sobre la mesa y las historias no habían decidido del todo qué forma adoptar— ocurrió algo que todavía hoy me parece un gesto literario del destino: conocer al sobrino nieto de la protagonista de la nueva novela en la que estaba trabajando y entrar en el castillo de Arcos que ella misma había adquirido cien años antes. Caminar por estancias que habían sido suyas. Ver su biblioteca. Entender, de pronto, que la documentación no siempre se busca: a veces te encuentra. 

El resto del año fue una sucesión de escenas que, de haberlas leído en una novela ajena, me habrían parecido inverosímiles. Firmar ejemplares en la calle Larga el Día del Libro. Participar con El Laberinto en la feria Guadalete Medieval, con libros y conversaciones al aire libre. Presentar oficialmente la Sociedad Literaria Sherlock Holmes, casi con vértigo, sin saber muy bien quién vendría ni cuántos se quedarían. 

Y se quedaron. Ochenta y cuatro personas. Aún me parece un número excesivo y precioso. Ochenta y cuatro personas que decidieron asociarse a una idea que no prometía beneficios, sino lecturas, encuentros, tiempo compartido alrededor de los libros. Para quien se pregunte por la mitad menos  evidente del nombre, la respuesta siempre es la misma: La sociedad literaria y el pastel de piel de patata, de Mary Ann Shaffer y Annie Barrows (Salamandra, 2018), un libro que me marcó  profundamente y que estaba ya, sin saberlo, en el origen de todo esto. 

Porque la literatura también es eso: una comunidad improbable que se forma en los márgenes, en  tiempos difíciles, alrededor de historias contadas para no desaparecer.  

Participé en la que, sin exagerar, ha sido la mejor feria del libro que ha vivido Jerez (del 1 al 5 de octubre). Consolidé esta columna semanal, que ya no siento como un espacio prestado, sino como una habitación propia. Di una charla en Ateneo Siglo XXI titulada Damas de bando: poder e influencia femenina en el Jerez del siglo XV, y publiqué después el artículo en la revista del Ateneo de Jerez. Organicé rutas literarias, presentaciones, clubes de lectura, charlas que nacían de una idea mínima y acababan llenas de voces. 

Y ayer mismo, primero de enero, estrenamos en YouTube Lectores entre libros, un proyecto que llevaba tiempo gestándose: entrevistas a personas vinculadas al mundo de la cultura en sus bibliotecas particulares. No en despachos institucionales, ni en escenarios, sino en el territorio íntimo de los libros vividos. Empezar el año así no puede ser casual. 

Lo verdaderamente importante de todo esto no es la acumulación de hitos. Es el lugar donde han ocurrido. Jerez. No una capital de provincia, ni una ciudad de millones de habitantes. Ni siquiera un lugar al que haya que pedir permiso para existir. Todo esto ha pasado aquí. Y eso cambia la perspectiva. Porque desmonta la excusa. Porque demuestra que la vida cultural no siempre llega: a veces se construye. 

Y aquí está la parte incómoda: ahora quiero más. Espero más. Exijo más. No desde la queja, sino desde la conciencia de posibilidad. Si todo esto ha sido posible en un solo año, no quiero resignarme a la idea de que era una excepción. Quiero continuidad. Profundidad. Riesgo. Quiero seguir agotando las horas, los espacios, las conversaciones pendientes. 

Este texto no es un balance. Es una declaración de intenciones. Una forma de decirle al año que empieza que ya sabemos de qué es capaz. Que no partimos de cero. Que hay libros escritos, lectores atentos, salas abiertas, ganas acumuladas. Que no vamos a esperar a que nos ofrezcan nada. 

Manifestar no es pedir al aire. Es recordar. Y yo recuerdo 2025 como un año vivido con intensidad literaria, con la convicción de que escribir también puede ser una forma de comunidad. Si el tiempo es un relato, quiero seguir escribiéndolo así: desde aquí, con los libros abiertos y la certeza —ya no ingenua— de que es posible.

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