Iglesia en una imagen de archivo.
Iglesia en una imagen de archivo. MANU GARCÍA

Estoy sentada en la terraza leyendo A corazón abierto de Elvira Lindo

El sol calienta mis piernas estiradas sobre el banco de madera, que debe tener casi ciento cincuenta años, perteneció al abuelo de mi marido.

 Es de buena madera y hecho como se hacía antes para que duren, se conserva perfecto, no tiene ninguna huella que atraviese el tiempo.

Por un instante abandono el libro, no sin antes colocar el pasa páginas en la 67, lo coloco sobre mi falda y me acerco a la bandeja que he dejado sobre el poyete del ventanal que da la terraza de macetas con rosas, geranios y cactus.

Cojo mi taza y saboreo despacio sorbos de café portugués que solemos comprar en Badajoz.

Está caliente como a mí me gusta y le gustaba a mi madre.

Miro al cielo por encima de la porcelana, está de un azul clarísimo casi blanco.

El aire que se ha levantado balancea las persianas de esparto que caen sobre la baranda blanca necesita una manita de pintura me digo, y el sol me deslumbra.

Dan las seis de la tarde en el reloj antiguo del salón, sus campanadas suenan avisando que quedan dos horas de luz. Son como de misa pero sin Iglesia.

Me gustan las Iglesias pero no las misas, me parecen largas y aburridas, pido perdón a los creyentes pero es así. Es mi realidad.

Las joyas que atesoran los Templos me fascinan, me siento buena dentro y respeto su silencio. Reivindico la bondad en su interior y fuera de ellos.

Me voy por las ramas. Las ramas de los árboles que sombrean la terraza que salen de su tronco enorme que transforman el paisaje de verdes y ocres.

Es emocionante verlos moverse al aire.

Reflexiono sobre lo que ocurre, sobre lo que veo, lo que surge.  La luz viene limpia y dorada.

Es bonito el momento, siento aplomo cerrando los ojos. Los abro de pronto como asustada, recuerdo que ya los días son más cortos.

 Siento como un descorazonamiento cuando el día se encoge   

La luz se irá, en nada caerá la noche. Debe ser el otoño.

Pues sí, debe ser.  

Recojo el libro de mi falda vuelvo a las páginas y me abandono en ellas mientras pasa por mi lado el vientecillo del final de la tarde.  

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