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Restaba solamente una vuelta; un giro al imperfecto círculo de cal que habían pintado los profesores para aquellas olimpiadas de E.G.B y bigote de tres pelos; una vuelta para alcanzar la primera posición y que me otorgaría el derecho de una medalla..., en ese caso la de oro con su correspondiente bandera española y su grapa de cobre.

Lo tenía a poco más de diez pasos; un mundo para un redondel que no tendría más de doscientos pasos de tortuga..., como decíamos en aquel estúpido juego de siesta y coba; un milagro ya que temía, tanto como admiraba, a aquel niño de patas cortas que corría como el diablo.

Todos gritaban. La casa de mis padres seguía quieta detrás de la valla del colegio. Los palomos de mi hermano volando sobre nuestras cabezas. La cal que delimitaba las calles ya se había evaporado bajo las pisadas de los corredores para convertirse -en aquella última y única hora de la mañana- en espuma de un mar salvaje.

No había nada que hacer allí salvo correr..., correr con todo. Olvidé mis pulmones como también dejé de sentir las plantas de mis pies sobre aquel océano de grava y arena blanca; decidí atarme a la sombra de aquel niño de zapatillas Jhayber y tirar sabiendo de antemano que no moriría en el intento.

En la primera curva sentí a mi hermana que me sacaba por entonces más vida mía de la que yo mismo me había percatado..., y tras mi hermana los alumnos dejaron de tener rostros para acabar convertidos en una serpiente colorista de ropa barata y sueños humildes. Y a mí sólo me quedaba mirar hacia delante y a él le hacía mal mirar hacia detrás..., cada vistazo que daba era un zarpazo mío al tiempo y al espacio.

Quedaba media cinta en aquel círculo porque podía rozar con la punta de mis dedos los árboles que habíamos plantado en el patio del colegio cuatro años antes. Los tenía a mi derecha, inmóviles pero vivos, en aquella calurosa primavera que anunciaba dos años de sequía andaluza.

Ya lo tenía. Sin saber cómo..., ya tenía su nombre y su número pintado con rotulador a un paso. Ya no era Mara -aquel niño que voló durante mi primaria como el viento- sino que pasó a convertirse en un número que superar; un número de dos cifras que iba perdiendo ritmo conforme nos acercábamos al lazo rojo que hacía de línea de meta.

Sé que aquel día gané porque lo di todo; porque me lancé al vacío sabiendo - precisamente en aquella última vuelta- que por muy mal que quedaran las cosas no iba a perder nada de lo que ya tenía; jamás me arrebatarían a mis padres, tampoco a mis amigos de recreo ni a la dudosa fortuna de ser delegado de una clase que se evaporaría con los años de instituto.

Me lancé al vacío y vencí -cosa que dudo haya vuelto a suceder- sacándole a aquel niño la distancia justa para quedarme con el horizonte sangre que sujetaban los dos profesores; un lazo rojo que conservo en un cajón que nunca abro junto a aquella medalla de oro que ya -pienso yo- habrá perdido su color.

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