Orgullo y prejuicios

En España hubo una dictadura nacionalcatólica que decretó que la sexualidad y el sexo son sucios y son pecado

Un momento del Orgullo en Jerez. FOTO: MANU GARCÍA.
Un momento del Orgullo en Jerez. FOTO: MANU GARCÍA.

El 6 de julio se acerca y la fiesta de Los Palomos de Badajoz ya pasó. En medio, en medio de esas dos celebraciones del orgullo, y desde que acaba la última y vuelve la primera, los prejuicios amenazan.

La sociedad española, que no todos, ni siquiera muchos españ[email protected], tiene varios problemas sin resolver aunque son solubles en una sociedad donde la libertad debería ser el mayor bien y del que surgen todos los demás valores. La libertad es la oposición, precisamente, a los prejuicios: juicios de valor que una parte de la sociedad con Poder, o con el deseo de alcanzarlo para imponer su moral, intenta imponerla de las más diferentes formas: indiferencia, condena al silencio, rechazo y criminalización. Las Leyes tienen su origen en las proposiciones éticas y morales de quienes quieren elevar al rango de Ley su visión ética y moral.

La libertad exige muchos esfuerzos que mucho más que con los otros tiene que ver con nosotros mismos, con nuestras inseguridades, nuestros temores y la responsabilidad que sabemos que tenemos ante lo que hacemos. Hay personas que renuncian a la libertad soberana individual porque no se sienten lo suficientemente adultas, emancipadas, para aceptar lo que el grupo social o ideológico al que pertenecen no le parece bien.

En España hubo una dictadura nacionalcatólica que decretó que la sexualidad y el sexo son sucios y son pecado. Pero no bastaba, había de declarar que la sexualidad es una enfermedad y que solo la cópula del modo más desprovisto de cualquier tipo de placer era legítima. Se pasó, luego, de la negación del placer al abrazo del dolor. Pero tantos y tantos que en público defendían esas ideas en privado visitaban las casas de lenocinio unisex. Sí, lenocinio, que ni la palabra prostitución se debía pronunciar. Como cuando se impuso que el color rojo debía ser llamado bermellón. Metáforas y eufemismos incomprensibles para tantas personas.

La Iglesia Católica contrarreformista encontró su filón de oro del control social en el control de la sexualidad a través de la exaltación de su modelo de familia, un modelo bastante nuevo históricamente hablando. ¿Por qué? Porque si declaramos sagrada a la familia y la llenamos de hijos y facturas que pagar tenemos el instrumento perfecto para desarrollar un capitalismo de dominación de las personas. Fíjense, ahora, que en las zonas de este Planeta donde faltan los curas que propaguen la ley-de-dios sí se aceptan ya a los curas casados. ¿Cómo van a ser los fastos de purificación de la suciedad sexual que los afecte? Está por ver. No creo que la Iglesia tenga fácil lo de manejar que a unos hombres de sotana se les permita folgar y otros se los demonice por lo mismo. Con lo de internet ya se entera casi todo el mundo de lo que pasa en todas partes.

Si se necesita una familia sagrada y con hijos para que todo marche al gusto de los poderosos de una parte del mundo, la homosexualidad debe quedar proscrita, como enfermedad o crimen. No olvidemos, además, la inseguridad en relación con la identidad sexual.

Hay quien sigue pensando y afirmando que la verdad anatómica aparente es, por sí misma, su verdad moral indiscutible. Un pene, un hombre; una vulva, una mujer. Esta es la división-del-trabajo impuesta para alcanzar el objetivo: los hijos que llenen las familias de facturas y ataduras. Para que todo funcione hay que demonizar la tentación de la sexualidad, y demonizarla porque los organizadores de esa ideología saben, perfectamente que el amor por la izquierda existió siempre y va a seguir existiendo. Y que el amor por la izquierda es un amor con menos ataduras y muchas menos facturas: de pronto vieron el peligro de la libertad. Y con razón.

La homosexualidad ha marcado el desarrollo y avance del concepto de familia y de las relaciones heterosexuales también. La libertad de amar y de amor, y la reivindicación pública de la sexualidad, asusta enormemente a las clases poderosas del cajón del dinero. Que las relaciones amorosas no tengan la atadura económica de los hijos, y como consecuencia la responsabilidad penal que significan esas ataduras (quien no paga sus factura se ve ante el juez), y que los heterosexuales descubran que también ellos pueden acercarse al modelo homosexual de conducta social asusta y mucho. El modelo granítico de familia del nacionalcatolicismo se resquebrajó hace mucho tiempo. El luteranismo acepta la homosexualidad y la ausencia del matrimonio para fundar una familia. Este es el punto, el de la libertad de la vida privada que se puede vivir públicamente.

A la vista de que las relaciones amorosas y sexuales pueden funcionar sin matrimonio y no son menos frágiles ni débiles en cuando a su nivel de compromiso e implicación se asustan aún más. Porque se observa el progreso de la institución de la familia, entidad económica sobre todo, hacia su desdibujamiento moral.

Libertad y prejuicios, decíamos, es una relación de oposición de la moral contra la libertad individual, y para que funcione hay que convertir esa libertad en un hecho de interés público. Así, decretado que la sexualidad y la moral sexual son bienes públicos todo está solucionado. Un bien público se defiende con la Ley y con los guardias.

Pero la sexualidad y el amor no son bienes públicos, o sí lo son, como las libertades individuales, en el sentido de que los individuos tienen el derecho de ser heterosexuales, homosexuales o inapetentes sexuales. Si los heterosexuales pueden besarse en público los homosexuales tienen el mismo derecho, y los bisexuales también. Si la pareja se convierte en un trío, también. Si se vive en una comuna, también. La sociedad acepta que no se practique el sexo en la vía pública en hora punta, de acuerdo; pero lo acepta en cualquier orientación sexual o de comportamiento sexual. La privacidad del modo de amarse y de la sexualidad queda así, además, garantizado en contra de los deseos de los apóstoles de una moral sexual como bien público.

El orgullo debería ser algo sentido por todos los miembros de la sociedad que respetan la libertad y la desean. La postración y el castigo, del tipo que sea, contra una orientación sexual debería llenar de oprobio a quienes tratan de utilizar al Estado para sus fines morales personales. El orgullo de que en nuestra sociedad existe la libertad, una libertad igual para [email protected], una libertad amplia y una intervención mínima del Estado en las libertades individuales, debería llenar nuestros corazones. ¿No les parece curioso que [email protected] de los que reivindican una libertad individual absoluta y sin reglas para los negocios quieran limitar la libertad del feminismo y de la homosexualidad?

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