Díaz Ayuso, en una imagen reciente de la Comunidad de Madrid.
Díaz Ayuso, en una imagen reciente de la Comunidad de Madrid.

En Madrid nadie es de Madrid. Por eso pasan las cosas que pasan. En Madrid casi todo el mundo es de otro sitio, por eso conquista tanto a los que llegan de fuera, a los que tienen raíces en otra parte, a los que se ven sorprendidos por la amplitud de sus calles, por la velocidad de sus mundos. Los mundos que conviven en Madrid. No existe el ser madrileño como herencia histórica, por eso es un constructo difícil de manejar y abre la puerta a los tejemanejes. Fue preciso que llegara un andaluz como Sabina para recordarnos de qué hablaba cuando hablaba de Madrid. Ha sido preciso que llegara ella para que sepamos del todo qué significa hacer las cosas a la madrileña: los callos y los fallos. Una pena para el Madrid que se ama, y los que lo amamos lo sabemos.

Ella es así, de incontinencia verbal ya legendaria y manía persecutoria. Defensora de las causas perdidas y perdida en su oscura verborrea sin causa aparente. De ingeniosa creadora de tuits caninos a lanzar aullidos virales en nombre propio. De intelecto rampante y finanzas creativas. Ella, que no puede arreglar los problemas de los madrileños desde la mesa donde se sienta a cenar pero sí decirles a los madrileños lo que deben llevar a la mesa. Ella, que cree que los que cobran más de 2.700 son los que necesitan ayudas al alquiler. Ella, que tiene su propia jerarquía para administrar vacunas, que saborea la vida dentro de un bocata de calamares y un vino de los caros. Ella, que es un fallo en sí misma. Ella, que con su mirada traviesa confirma las peripecias caóticas que pululan por su mente prodigiosa. Ella es Madrid. Al menos un Madrid.

Ella representa un Madrid que existe, un Madrid que inquieta, uno al que alimenta el populismo. Uno que está convencido de ser el blanco de todas las críticas, el centro de todas las venganzas, la envidia de todos los de provincias. Y es que ese Madrid de gatillo fácil existe y precisa de alguien como ella para que lo lleve en volandas. Alguien capaz de instalar cámaras antiboicot en hospitales que no lo son, alguien que no calla ni aunque la maten o le demuestren que no sabe lo que dice. Alguien que sabe que arrasará en votos la próxima vez que abra las urnas, porque representa a un Madrid que se despierta, que se gusta, que palpita. Un Madrid al que el otro Madrid le repugna, uno que muchos madrileños no merecen. 

En tiempos de la posverdad y la fake perpetua, ella reina y su corona tiene siete estrellas, tantas como la bandera de su Madrid. Nada la frena, hasta las pandemias mundiales la encumbran, hasta las gestiones demenciales la impulsan. Porque hay un Madrid así, convencido de despertar recelos, sentimientos de inferioridad y complejos. Lo hay aunque a muchos no nos guste. Hay un Madrid así dentro de cada uno de nosotros. Recemos para que no se nos despierte y ella acabe por reinarnos a todos.

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