Ole nosotros: mucho arte, poca gobernanza, mínima participación

El proyecto habla de cooperación y co-creación, pero no define mecanismos claros de decisión ni el papel efectivo de los agentes culturales

28 de marzo de 2026 a las 08:15h
Catavinos de la candidatura de la Capitalidad Europea.
Catavinos de la candidatura de la Capitalidad Europea. MANU GARCÍA

Analizando el libro de la candidatura que fue suspendido, sacó algunas conclusiones como técnico que soy en estos menesteres: hubo emoción, voluntad de mejorar la ciudad y de activar energía colectiva en el discurso. Ese impulso no es menor, pues la cultura, como motor de cambio es uno de los principales valores del proceso. Pero la emoción, por sí sola, no construye una candidatura europea. Y ahí aparecen las carencias.

La primera es la dificultad para traducir el relato en una propuesta operativa. La narrativa —frontera, sur europeo, periferia, desigualdad territorial— es sugerente, pero no termina de convertirse en una agenda estructurada. El discurso inspira, pero no concreta suficientemente qué cambia, cómo cambia y con qué herramientas. La candidatura se mueve más en el terreno de la intención que en el de la arquitectura, algo que da desconfianza.

Esto se relaciona con la falta de un enfoque ecosistémico de la cultura. Se proponen líneas interesantes —regeneración urbana, activación de espacios vacantes, descentralización territorial, programas sociales—, pero no se articulan como un sistema donde creación, producción, formación, mediación y gobernanza se retroalimenten. Sin ese engranaje, la cultura aparece como suma de proyectos, no como estructura transformadora.

La gobernanza es, probablemente, la debilidad más determinante. El proyecto habla de cooperación y co-creación, pero no define mecanismos claros de decisión ni el papel efectivo de los agentes culturales. La participación se enuncia como principio, no como sistema, ni se practica. Cabe preguntarse si el jurado buscó estructuras de coordinación cultural vigentes y no encontró nada, si revisó proyectos consolidados y vio pocos referentes, o si detectó una ausencia de foros activos de participación. La comparación con otras candidaturas, que han trabajado durante años en procesos participativos estructurados, refuerza esta impresión. Solo hay que revisar la memoria de participación de Granada. 

También pesa la persistencia de un imaginario cultural tradicional. Aunque se intenta reinterpretar la identidad local, el protagonismo simbólico del flamenco, el vino o el “arte” sigue dominando el relato, un capital del que también dispone Granada a ojos de todo aquel que no entiende de cante. El fallo fue construir un discurso autocomplaciente que funciona hacia dentro, pero que reduce complejidad y capacidad de diálogo con Europa. 

El programa cultural resulta pertinente, pero poco diferencial. Las líneas de trabajo son correctas, aunque sin una tesis curatorial fuerte que articule una secuencia clara de transformación. Además, la falta de experiencias piloto puede haber generado dudas: si estas iniciativas son viables, ¿por qué no se están desarrollando ya en la medida de lo posible? ¿Qué capital técnico tiene esta ciudad como base? 

Precisamente aquí surge una oportunidad. Más allá del resultado, el Ayuntamiento podría impulsar por sus propios medios algunas de las iniciativas que se presentaron a Europa. Poner en marcha programas piloto, activar espacios, ensayar modelos de gobernanza o descentralización demostraría compromiso real y permitiría convertir el relato en práctica. No se trataría solo de justificar una candidatura pasada, sino de aprovechar el trabajo realizado para iniciar una transformación tangible. Sería, además, la mejor forma de reforzar credibilidad de cara a futuros proyectos. 

Sin embargo, es difícil imaginarlo, pues acercarte a la Delegación de Cultura y que te desanimen en cada propuesta, no ayuda. Ni tener abandonado el cine Astoria, ni el gosting institucional de algunos cargos importantes ante proyectos innovadores, ni las plazas duras que tanto disgustan a la vecindad del centro, ni otras muchas cosas.

La ambición transformadora planteada también queda en un plano incremental. Se propone crecer en participación o actividad, pero no se formula un cambio estructural del modelo cultural o urbano exportable a otras ciudades. Europa aparece más como marco geográfico que como problema cultural compartido.

La conclusión es clara: la ciudad tiene emoción, talento y capacidad cultural, pero para competir en Europa no basta con eso y hay que contar con una base previa. No se trata de sumar iniciativas ni de reivindicar identidad, sino de construir un sistema y un modelo de gestión. La cultura no transforma por acumulación, sino por articulación. 

Por eso, y para sacar provecho de la inversión de tiempo y recursos realizada, propongo la creación de un consejo abierto local de la cultura que dé voz y capacidad de decisión a los agentes culturales activos. Un órgano que no sea meramente informativo, sino deliberativo y operativo, y que se sume a los consejos sectoriales ya existentes. Sería un primer paso para demostrar que no todo era ruido y que algo se saca de todo esto.

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