Esclavos.
Esclavos.

Levántate, que el sol está en la carretera. Pues que lo atropelle un coche. Rodrigo, que ha tenido una de sus noches locas, se guisa la orden y se come su respuesta. Ríe al recordar la frase con la que su padre lo levantaba los domingos. Que lo atropelle un coche respondía con sus dientes de leche para quedarse un rato más en la cama.

También recuerda esa que dice que al séptimo día descansó pero verdaderamente nunca le hizo gracia. Nunca porque jamás creyó en Dios y menos ahora, con sus veinte años, que se siente capacitado para hacer todo lo que se le ocurra por la cabeza.

En la oscuridad de su cuarto no acierta a encontrar su móvil. No sabe que el teléfono ha dormido toda la noche bajo su almohada. Una televisión en un dormitorio resta horas de sexo aseguraban diversos artículos de los noventa.

Al otro lado de la ciudad, Francisco Gómez espera. Anda enero. Mañanita de neblina, tardecita de paseo. Los guantes del Mercathlón no son tan buenos como anuncian. Sus dedos visten sabañones del frío. Tlín Tlín. Suena la alarma de su Android. Un cliente.

Rodrigo, aunque vista ropa de marca y ligue con su Tik Tok, no tiene donde caerse muerto. Vive con sus padres y de sus padres aunque no entiende porqué los dos siguen allí. Mamá, qué hay de comé es su pregunta cuando llega de estudiar. En su plataforma de internet ha pedido de desayunar. Sus padres no están. Onde carajo estarán. Ha pedido mollete con jamón y un zumo de naranjas. Cuatro euros. Veinte minutos.

Francisco, con sus cuarenta y cinco tacos bien gastados, vuela al bar. No está lejos. Su teléfono dice que a siete minutos en bicicleta. Otra cosa, y bien distinta, es la dirección donde tiene que entregar su pedido. El tiempo es oro dicen los sabios de Europa. La prisa mata enseñan los viejos de Marruecos. Han aumentado en un 500%, durante la pandemia, los pedidos de desayunos a domicilio se lee en los periódicos.

Rodrigo se siente grande. Es que este niño venía pá marqués se conformaba su madre cuando no conseguía que el niño ayudara en casa. Francisco, en cambio, ha dejado de sentir. Pá qúe darle más vueltas al asunto. Las cosas son como son. Y las cosas son que Rodrigo, otro futuro esclavo de este sistema esclavista, pagará a precio ridículo lo que siempre se consideró un lujo. Que Francisco Gómez nunca tendrá la recompensa de tanto esfuerzo. Que sólo gana el capital.

Ringgg... Suena el timbre del 2ºC. Rodrigo abre la puerta en pijamas. Dos esclavos, frente a frente.

¿Sí, guana?

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