La fachada de San Lucas, completamente renovada. FOTO: MANU GARCÍA.
La fachada de San Lucas, completamente renovada. FOTO: MANU GARCÍA.

No tiene miedo de nada. Él ha nacido, en la otra punta del mundo, para no tenerlo.

Aunque otro gallo cantaría si supiera que allí, por donde camina y a esas mismas horas de la madrugada, un rayo cayó del cielo para partir la capilla por la mitad. Fue siglos antes. Ave María Purísima rezaban los monjes de San Juan en la penumbra de los tiempos oscuros.

Apenas quedan ruidos en el corazón de la noche. Sólo pasos. Miento. Esos pasos marciales -propios de un extranjero arrastrado forzosamente a otro planeta- y algún que otro maullido venido del hambre de las siete revueltas.

Buenas noches dice un alma en pena en la esquina de las tristezas. El soldado no contesta o no sabe hacerlo. Le salva del infierno la certeza de saber que está de paso como ciertos pájaros en ciertos inviernos.

Explota en la retina del viajero la cal apagada de San Lucas: un nubarrón que lleva detenido en la colina de Belén más de mil años. Explota su campanario en una única y grave campanada. Lo hace cada noche para retorcer las malas conciencias. Amén dicen sobre sus camas estrechas los que se niegan ir a misa.

¿Quién va? El santo y seña me lleva a los tiempos de la guerra.., que fueron y serán todos. El extranjero no responde. Sabe que no necesita hacerlo. Su presencia habla por él: dos metros de carne secuestrada en un uniforme azul atlántico.

Jaleo de avispero en las dos aceras de la cuesta. La abeja reina, como la madame, nunca duerme. En la calle Barranco se hacen presente los minotauros.

Hace frío y es inhumano.., ese capaz de renacer a los muertos tanto como de enterrar a los olvidados en vida. Pero hay una puerta abierta, la de siempre.

¿Está María? pregunta el americano en su español traído de Alburquerque. No tiene respuesta del vecindario. ¿María?

Y María, la que será su mujer por la gracia de Dios y por el violento arreón de los que todo lo quieren, es ahora una minúscula luz en un cuarto sin ventanas para la calle. Una luz de mil pesetas que a sus veinte años todavía no ha salido de Jerez y que le quedarán infinitos los llanos del Nuevo Mundo.

Al barrio de Rompechapines y su gente.

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