Cortinas amarillas con caligrafía china.
Cortinas amarillas con caligrafía china.

No recuerdo el nombre de mi hotel en Shanghai aunque lo tendré, en forma de recibo o de envoltura de jabón, en una de las numerosas cajas donde voy dando noble sepultura a mi vida pasada.

Lo que sí recuerdo es la imagen que asaltó mis ojos nada más abrir la pesada y gigantesca persiana del dormitorio. Ésta se escondía sin tapujos —como hacen los niños cuando juegan al escondite y muestran las puntas de sus pies— detrás de unas cortinas amarillas con caligrafía china. Algo contarán aunque rápidamente me hice la idea de que nunca lo sabría.

Logré anclar la achacosa persiana con un extraño artilugio y la ciudad me mostró sin pudor una inquietante oscuridad salpicada de nómadas luces rojas.

Podía ser cualquier cosa lo que estuviera ahí abajo..., a los pies del hotel. Desde un viejo cementerio hasta los restos, traídos del inframundo, de un puerto fantasma. Mañana lo sabremos creo que dije aunque lo tarde que era y el temor a que estuviera contagiado de eso que llamaban fiebre amarilla anulaban todo tipo de certezas. De hecho, metido en aquella pecera humana hubieran podido convencerme de estar en cualquier rincón del planeta. Cualquier que tuviera, mínimamente, un cielo.

Levanté al día y corrí, con los ojos todavía medio cerrados, a un pequeño estanco que el hotel permitía cerca de su recepción. Necesitaba paracetamol para espantar los miedos de la enfermedad y me dieron algo parecido a precio europeo. También cerveza pero ésta a un coste tan ridículo que pensé que nos querían —a todos los turistas– borrachos mientras durara nuestra estancia en el país de los dragones.

Con un sonoro pero equivocado Ni hao me despedí de la dependienta. ¡Dios! ¡Qué torpe soy para los idiomas! Aunque el mal trago se me fue diluyendo con el hecho que ella, en los tres días que estuve allí en su tierra, nunca me dijo nada salvo para decirme dólares o euros.

Regresé a la habitación tropezando en el pasillo con el rumor de las televisiones. Ningún rastro ni desecho de los ruidos que provoca el sexo aún siendo a regañadientes. Sólo el de una aspiradora de mano susurrándole a las paralizadas aguas de un cuadro con noventa y nueve grullas volando. Así era como se titulaba.

Se abrió la puerta 610 y el paisaje lunar de la noche anterior hizo acto de presencia:

un barrio antiquísimo de casas de madera y ladrillo con sus carreteras de barro, sus peatones de barro y sus perros de barro dibujaban un hormiguero a carboncilla a trescientos metros de mí.

El vidrio del ventanal reducía todo aquel ajetreo de niños jugando al coger, vendedores ambulantes de pan de higo y nerviosas motos de campo a un ligerísismo seseo de noticias de televisor. Qué estará diciendo la presentadora.

Y de repente llegó el fin de los tiempos. No podía ser verdad. Venía de Japón huyendo de una ola de terremotos y ahora, sin previo aviso, el suelo de mi habitación comenzaba a tiritar. Lo hizo durante tanto tiempo que me bastaron dos escasos minutos para confirmar que aquello no lo estaba pariendo la tierra.

La causa de tal descalabro era una enorme taladradora que había aparecido de la nada para perforar la única carretera de cemento que había unido, hasta entonces, el poblado con la metrópoli. A pocas manzanas de allí, había niños que seguían jugando al pillar en una pequeña explanada sin árboles.

Al sur del viejo barrio y al mismo tiempo, otra grúa —con una de esas bolas que sólo se ven en los dibujos animados y que había pasado desapercibida hasta entonces– derramaba toda su ira sobre unas cabañas.., las más cercanas al cauce del río Huangpu. Ahí saltaron astillas y pasados.

Asustado di un paso atrás y tiré de la cortina para llenar de oscuridad mi habitación. No valió para nada. La luz naciente del sol amarillo fue filtrándose lentamente entre los tejidos de aquella cortina parda con letras chinas. Letras que nunca logré llegar a entender.

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