Arcos de la Frontera. Foto: http://arcossitiosyfotos.blogspot.com
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Nunca más volví a ponerme aquella camisa de papagayo.

Siendo sincero reconozco que a veces me dan ganas de reír —de llorar si es demasiado aciago el día— cuando recuerdo que llegado el momento no quise ni probármela de pura vergüenza.

Pero había algo en mí que decía que tenía que comprármela; que tenía que formar parte de aquel burdo acto de magia barata; que debía de realizar aquel truco que me haría conseguir el Todo —su sonrisa— apostando con lo más fuerte que por entonces tenía: el estúpido chiste de un muchacho que se convierte en loro de feria.

Tampoco estuvo lento el peruano. Al verme dudar me lanzó la camisa, como el que tira un cubo de agua a la calle, para declarar a los cuatro vientos: No te queda mal. Nada mal.

Y el dudoso halago, al instante, se convirtió en toda una orden. Cosa que solía suceder en aquellos que no creíamos en las segundas oportunidades.

Cómo me ves le pregunté a mi muchacha al tiempo que seguía intentando, sin mucha fortuna, meter mi cabeza y mis mejores intenciones por las estrecheces de la endemoniada camisa. Nueve euros me ha costao, cuántos florines son eso acerté a decir en el enredo.

No respondió. Se limitó a indicarme con la mirada los botones que todavía seguían —e iban a seguir— desabrochados.

Ella era así... una tormenta seca; una tormenta como la que se estaba empezando a levantar sobre el peñón y sobre aquella feria —la última de Andalucía— atestada de puestos ambulantes y futuros ríos de barro caliente.

Arcos de la Frontera. Foto: http://arcossitiosyfotos.blogspot.com

El ruido era ensordecedor... propio de una Babel al borde de la extinción. Con la música enlatada golpeando la montaña y ésta devolviéndola todavía con más fuerza; con la gente agolpada en manadas de animales salvajes a la carrera...

Pero qué me importaba a mí cuando eran mías todas las cosas que veían sus ojos.

Ave María, pronto serás mía y los niñatos como yo —trompos humanos— girando sobre los muslos encendidos a lo Bisbal.

Fue justo allí cuando Arcos y los poemas de Julio Mariscal comenzaron a darme vueltas en la cabeza. Estaba completamente borracho; borracho de amor y embriagado por un desconocido Santiago que estaba loco por nacer nuevamente... veinticinco años después. Veinticinco es mucho tiempo para una verdad.

Quieres una cervecita / No, no tengo dinero / No te preocupes, te invito / Te he dicho que no quiero.

Fue decirlo y cerré los ojos ante la extraña respuesta. Los cerré por lástima.

Qué te hicieron amor tuve hambre de preguntarle. Porque está claro que nadie nace con ese tipo de contestaciones bajo la lengua.

Luego, cuando me di cuenta y quise convertirme en el hombre que debía de ser para ayudarle, fue siempre tarde. Ya había empezado el diluvio que ahogaría, en segundos y en vinagre, las plumas de papagayo de mi maldita camisa nueva.

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