Un día de mercado en La Flèche.
Un día de mercado en La Flèche.

Camino bajo La Flèche. Hoy es domingo... día de mercado para las cien culturas.

Un grupo de portugueses al sol me llama la atención. Visten ropas íberas. Ropajes propios de pastores de siglo XX: abrigos de lana con rombos ensartados y demasiados oscuros para el recién estrenado porvenir bordelés. En sus caras afiladas —no ya por el hambre sino por la genética del hambre— se aprecian descuidos de dos días. Gillette, lo mejor para el hombre decía el anuncio. Nada sobre la compasión y el respeto.

Un hombre azul —con ojos en sus desiertos— observa los naufragios que se están llevando a cabo en la plaza medieval inclinada al río que no se ve ni se oye. De qué países serán esos colores, me pregunto. Son tunecinos, argelinas, libios. Ellas con la cara descubierta. Algunos de los jóvenes, los menos, con el corazón cubierto de arena. Beben azúcar con lágrimas de té y de café.

Me cruzo con un inglés en bicicleta. Es un traga-kilómetros por las mañanas y una luciérnaga cuando la noche devora la tarde; luciérnaga de 90 destellos rojos por minuto y media palabra cada tres horas... todas asociadas a la comida basuraClick.

Un italiano de aceite —podría ser Garibaldi— luchando contra la tinta china bajo un cristal roto. Lo firma un tal Rodiere. Yo que llegué a creer amar a una Rodiere.

Hay españoles por todos lados, de todos lados. Los andaluces nos dejamos siempre ver. La historia cuenta que nos hicieron un hueco en todas las tierras de este planeta pero la historia siempre se olvida.

Pegada a los muros de la iglesia hay una bretona vendiendo sus carnes, un normando defendiendo la leche de sus vacas sagradas, uno del Loira —junto a su mujer que parece española— cuidando la fama de sus quesos y sus vinos.

Pero entre el gentío tropiezo con el hombre imposible de la única raza. Una y grande, dice orgulloso su rostro seco e impávido cuando en sus venas corre la sangre del primer y último Hombre. La misma que tú y yo llevamos. La que todos llevamos.

Una y grande... y sólo mía, observo que quieren proclamar sus labios tensos en mitad de la plaza de las culturas. Pero vacila porque en el fondo es un cobarde; sólo sabe hablar de lodos para adentro.

Aún así lo temo porque temo sus formas estudiadas y serias —modernas— capaces de convencer a las estatuas sin cerebro. El humo que escapa de su cigarro y escupe su cuerpo en pocas horas cubrirá la ciudad de tormentas.

Gracias que aparece Edith Piaf para cantar La foule en los anillos negros de un vinilo arañado. Et la joie éclaboussée par son sourire. Es La Piaf que lo hace todo más amable... a pesar de sus ojos caídos y tristes.

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