Entrenando a humanos (II)

Ea... por no mirarme me consuelo apretando la moneda de dos caras en mi asquerosa mano de la vergüenza.

Un acordeonista, en una imagen de archivo.
Un acordeonista, en una imagen de archivo.

Los de pueblo miramos a los ojos. Los de pueblo. Como esa vez, esa primera vez, en el metro de Madrid que me quedé observando desde el otro lado de las vías a una muchacha —de edad similar a la mía y de futuros parecidos a los míos— como el que mira a su vecina de siempre.

Estuve mirándola fijamente como si transcurridos dos minutos de vasta presencia hubiera tenido el derecho de poder enamorarla. ¿Por qué no? Normal que se me quedara de piedra como la que ve a un marciano. Pero es que por entonces los de pueblo no lo sabíamos: eso de mirar al otro, en la capital, no se llevaba. Tempus fugit.

Ayer, 13 de enero, volví a pararme en otra mirada. Era él un acordeonista de 70 años, quizás menos, pero bastante golpeado. Su ropa limpia y adecuada lograba rescatarlo de milagro de los Hombres Invisibles que duermen en las calles sin saber cómo han acabado en el desastre.

Siempre es ahora. Del instrumento brota lentamente My way para acabar flotando en el aire sucio del vagón del metro que va hacia Cadorna. Quizás yo desprecié aquello que no comprendía me recuerda el Sinatra rumano.

Nadie lo ve excepto yo. Todos inclinados al móvil salvo un perro al que las cansadas notas le caen en el hocico. Le llueve música. Apertura porta siniestra.

La música ha cesado de golpe como la vida en algunas vidas. Me parece escuchar al músico. Pide unas monedas sin apenas levantar la voz. Tengo un euro para él —algo ha logrado curar en mí— pero se encuentra a cinco pasos de mí. Soy consciente de que podría salvar esa distancia —son cinco pasos— pero la vergüenza me lo impide. ¿Qué pensará el vagón si reclamo su atención? ¿Qué pensarán si me pongo a gritar en medio del silencio?

Ha decidido bajarse. No hay nada más que hacer allí. Todos tienen clavada la vista en el suelo y el perro está lamiéndose sus partes. Orina e instinto. Yo estrujo la moneda sin saber qué hacer. Me acerco a la puerta que aún sigue abierta. Stazione Cadorna. Linea rossa. Connessione con...

No aparta la mirada de su acordeón. ¡Maldita sea! Si dejara, por un segundo, de mirar a su instrumento le lanzaría el euro. Siento cómo se caldea la moneda en la palma de mi mano. Silba el tranvía para escapar de allí pero hay puertas que no se han cerrado. Alguno que se habrá lanzado. No hay tiempo que perder en esta sociedad sin tiempo. ¿A que me quedo con las ganas de dársela? Puede que no sea rumano. ¡Joder! Sigue liado con el puto acordeón. Se abrocha el último botón de su chaleco. Ahora sí me va a mirar. ¿Qué tendré? ¿Cinco segundos como mucho? Una mujer, de abrigo de bisón y perlas falsas, se entromete entre él y yo. No puedo. Ya no.

¡Joder! Se han cerrado las puertas. Ea... por no mirarme me consuelo apretando la moneda de dos caras en mi asquerosa mano de la vergüenza.

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