En el nombre del hijo.
En el nombre del hijo.

El paisaje que tenían mis padres encerrado en el cuadro no era de aquí. Era de una tierra tan lejana que necesité gastar una juventud entera para poder ir a conocerla. Nieve infinita y árboles centenarios colándose por el boquete de la lámina. Así llamábamos cariñosamente al agujero cuando llegaba la nochebuena... la única noche en la que mi familia se daba el derecho a cenar en el salón de sus invitados.

El paisaje invernal, como ya he dicho, no era de aquí aunque de mí, con unas pocas semanas de vida sobre mis hombros, podía decirse lo mismo. No era de aquí. De hecho, no lo fui hasta que mi nombre y yo nos hicimos con nuestro hueco entre los vivos. Este niño se parece a su pare. De su mare, el pelo. Y el ciervo de la estepa se había detenido al borde del lago, justo donde terminaría fundándose la capital de un imperio.

Esa mañana sentí la fuerza sobrenatural de mis manos. El mallado de plástico dolía mis dedos porque mis piernas no podían con el peso del cuerpo. Mi boca huele, ahora y todavía, a cereal y a los senos de mi madre. En mi pecho, un hombre de hilo celeste jugaba feliz a la pelota. El mismo hombre, con otro corazón, lo hacía en la pechera de mi hermano. Y este niño que todavía no sabe amarrarse los cordones.

En aquel cuarto de claroscuros cabía todo mi planeta. La mesa de comer, la cuna de dormir. Mis padres solían bañarme sobre la mesa del croché, la mesa que se reservaba a los invitados, en una bañerita rosa palo. Enfrente se encontraba el lago helado -pinceladas largas y bastas de blanco cadmio- para presidir mi niñez. Qué mal escribe esta niña.

Nadie me vio porque no recuerdo a nadie. Mi hermano hubiera podido hacerlo de haber estado despierto. Eso o tal vez se hacía el dormido aunque para mí, sinceramente, estar o hacerse es casi lo mismo.

Puede que el mallado del parque-cuna no hiriera mis manos pero sí secuestraba, con sus pálidos hexágonos perfectos, todos los objetos que mis ojos nuevos captaban y que me eran, en su mayoría, totalmente desconocidos. Y este niño cuándo se irá a la cama solo.

El sofá de cuero para los invitados. El sofá de cuero para que descanse el enfermo. El sofá de cuero para tocar la guitarra. Un sofá de cuero, que cuando perdió su color, quedó como barco pirata. Había un cisne de cristal, como pisapapeles, sobre una mesita de mármol. Y tú cuándo vas a empezá a vestirte solo.

Observé la punta de mis zapatos. Estaban ya gastados. Siempre fui de esos que los rompen a las primeras de cambio. Mis piernas temblaban como lo harían mis huesos en aquellos precisos segundos. Ni yo sabía cómo me llamaba. Me limitaba a responder con gestos y babas a un nudo de sonidos. Y la niña cuándo echará a hablá. Sólo sé que cuando lo haga dirá papá / De eso ná. Dirá mamá.., que pá eso estoy tó el santo día con ella.

La gravedad, para la gente que no lo sepa, no es otra cosa que la fuerza inmensa que nos empuja al corazón de la Tierra. Pues aquella mañana sin fecha pude con ella. La mañana que por primera vez, con ayuda de la malla de mi parque-cuna, me puse en pie. Y no me pregunten qué me llevó a ello porque no lo sé. Sólo puedo decir que mi padre y mi madre jamás, en toda su vida, dudaron de mí.

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