Una obra del pintor mexicano Rufino Tamayo.
Una obra del pintor mexicano Rufino Tamayo.

He dejado la ventana abierta. Es sólo una pequeña rendija pero quiero que silbe el viento mientras escribo esta historia de estrellas muertas.

Anuncio que llamaré Mujer a la mujer. Animal a la bestia. El Sanluqueño al poeta.

Desde aquel entonces han corrido 30 veranos. Al menos para la mayoría porque para ser justos debo decir que tendría que restarme alguno que otro. O quién no ha vivido eneros en días de agosto.

El Sanluqueño, esa noche de recién parido verano, llegó a su casa como desde hacía ya un tiempo venía ocurriendo: abrazando las rejas del vecindario.

Nadie sabía el porqué había comenzado a beber, y más a su edad, pero a pocos les importaba mientras los hombres bebieran solos y en silencio. Y al Sanluqueño, lo de estar apartado en la barra del bar, no le costaba. Un borracho no suele invitar y un hombre no invita a un borracho salvo si es otro borracho y en el barrio aunque los había, y a pares, los hombres cuidaban de no parecerlo.., al menos de puertas para fuera. En cambio... lo de mantenerse en silencio se le venía imposible.

Hablo de esa noche. Serían las dos de la mañana cuando El Sanluqueño, dejándose caer sobre la puerta de su casa, comenzó a recitarle al cielo.

Qué versos y cantes serían aquellos llegados de la memoria. ¿Serían fandangos por ser El Sanluqueño carne de campo? Tal vez se atrevió con tarantos de tercios comíos y cristales dentro. Lo que fuera lo cantó y lo recitó como si el cielo, con sus estrellas y sus planetas, tuvieran la solución de sus pesares.

Y por qué no. ¿No lo intentó un siglo antes Enrique El Mellizo en las tapias del cementerio de Cádiz? ¿No lo lloró El Planeta antes de morir lejos de su tierra? O mi padre mismo... ¿no lo hizo en las literas del cuartel de San Fernando?

Dando en el reloj la una, te asomaste a la ventana, y al reflejo de la luna....” Y en esas que aparece un animal, con calzones blancos y camiseta ahogada en la cintura, y sin mediar palabra le pega un puñetazo en la cara que lo lanza al corazón de la calle. Éste ya no canta más se murmura en los agujeros negros de las persianas cobardes.

Y no volvió a cantar y nadie supo nunca cómo acababa la coplilla que estaba tejiendo su boca. Tampoco su mujer... que fue metiéndole en casa a empujones tratándole igual que se tratan a los niños que no quieren dejar la calle, igual que a los hombres y mujeres que dicen soñar con ser poetas.

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