Un cuadro flamenco, en una imagen de hace unos años.
Un cuadro flamenco, en una imagen de hace unos años.

Los curiosos y los que no tienen la peseta para entrar se valen de los agujeros en la vieja lona del circo para contemplar al cantaor con su guitarrista. El mástil, como los telescopios, apunta al cielo estrellado. Los ojos del músico a la garganta del compadre. Las cuerdas, de tripa de oveja, están desenterrando ese dolor primitivo del cual huimos el resto de mortales. Es puro intestino seco sonando a alambre.

Herío de muerte, tirao por los suelos. Y Cristóbal hace carne de lo que escucha mientras las parejas, en la última fila de la grada, se meten mano. Te tenía ganas, resopla el novio. Y la muchacha perdiendo los cinco sentidos. Cosa que solo ocurre una vez al año.

Y al cantaor parece sujetarlo su silla. Si no la tuviera ya habría salido volando, cuesta abajo, como hicieron los toros del santo patrón esta misma tarde; toros que estarán soñando con telas rojas y camisas blancas al aire. Idénticas a las que están vistiendo ahora los artistas sobre la hierba. Son dos pálidos golpes de yunque nacidos de fatigas antiguas. Dios bendiga a los soldaitos que me arrecogieron.

El público, salvo los mozos que se alimentan de las bocas de sus novias, ha dejado de comer. Quién puede hacerlo mientras dos se mueren sobre el escenario aunque El Coronelito, en la primera línea de asientos, sí da cuenta de un barquillo de canela. Lo hace sin reparo, masticando con la boca abierta, porque así ha visto que hacen en las películas de vaqueros. Y él se ve como uno de ellos, uno de los invencibles, aunque no tenga estrella.

Que no mire patrás, rezan los del hambre en la última fila pero no saben que El Coronelito ya ha sacado tajá, esta tarde de feria y santo, de la que todavía le tienen al marido encerrado en la cárcel de Jerez. Por favó, le pío que... Y el militar, que se las sabe todas, sigue masticando la galleta como si estuviera solo en mitad de la nada, en mitad de un desierto.

El pequeño Cristóbal, a tres filas y tres mundos del militar, juega a deslizarse sobre los melismas del cantaor; acompaña los quejíos del artista con otras quejas suyas pero escondidas todas en las esquinas de su boca.

Está dentro porque días antes estuvo ayudando a los del circo a levantar la carpa en los descampados que hay en la entrada del pueblo si se viene por MedinaMedina Sidonia, capital de los godos, hasta la entrada de los moros se intuye en los nuevos libros de historia cuando es Arabia la que se aprecia en la seguiriya rota. Siente tú mis fatigas, siente tú mis penas. El guitarrista lleva dentro todas las sangres que fueron perseguidas. Ole jalea sin saber y sin sentir El Coronelito. Lo hace para que la audiencia no lo olvide. Y no será olvidado porque los muertos jamás olvidan.

Siente tú mis fatigas, que yo sentiré la tuya, cuando tú la tenga sentencia el hombre de las fatigas andariegas. Demasiado jondo para este pueblo tan pobre que tiene como mayor preocupación el comer. Come y calla. Pero los labios del niño musitan los últimos versos del cantaor, siente tú mis fatigas, siente tú mis penas, en un eco audible sólo para los fusilados y las lechuzas.

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