Ilustración de VINZ.
Ilustración de VINZ.

¡Cabrones! No hay otra palabra. No existe otra para describir a los dos policías que me registraron en el aeropuerto de Malpensa.

Ya me lo estaba advirtiendo, durante mi vuelo a Italia, el maravilloso libro de José Mateos llamado El ojo que escucha. “El mundo podía ser, a veces, tremendo e implacable, pero era un mundo con esperanza. Ahora todo resulta irreversible”.

La desventura comenzó con un maldito perro. Un pastor alemán que al pasar por su lado se abalanzó a devorar mi maleta. Que conste que hice por entender al pobre diablillo, ya que habría olido los polvorones de Estepa que llevaba, pero ese ataque traicionero por la espalda estuvo a la altura de esas películas de espías de la Berlín soviética.

Lo peor no fue eso. Lo más grave fue vislumbrar, por unos segundos, que si yo hubiera sido el único viajero del aeropuerto —cosa extraña en este mundo de ocio compulsivo— hubieran dejado al perro hacer lo que quisiera conmigo y con mi maleta.

Gracias a San Cristóbal, el santo de los viajeros, su cuidador le relegó a un segundo plano aunque no tardé en darme cuenta que el hombre era peor que el dogo. ¿Fumas porro? me preguntó aún con media terminal observando la escena.

En un ataque de sinceridad, respaldado por la tranquilidad de saber que no encontrarían nada, estuve a punto de responderle con un No fumo desde esa única vez que lo hice en Amsterdam pero no me habría entendido y menos escuchado. De hecho, automáticamente me encaminó a un cuarto, parecido a un quirófano del tercer mundo, y me invitó a abrir la maleta.

Será la insulina dije. Me pasó ya en el aeropuerto de Méjico continué para intentar ahorrarme el mal trago y la pérdida, aunque ya inevitable, de mi tren. Il mio cane non è allenato a sentire l´odore di insulina bostezó el Sherlock Holmes italiano. Para los roscos de vino sí que está bien entrenado tu perrito pensé.

Él lo estaba..., seguro. Fue lo primero que abrió, descuartizó y abandonó..., dejando la caja de mantecados más descuidada que un ocho de enero. A la mierda 10 euros en regalos.

Marruecos soltó su compadre al comprobar mi pasaporte. ¿Gusta Marruecos? Me preguntó con sorna. Soy guitarrista y sí.., he trabajado allí varias veces.

No cansados empezaron a lloverme preguntas. ¿De dónde vienes? ¿Dónde te quedas? ¿Amiga en Italia? ¿Vacaciones? Todas estas cuestiones en un español que no dudo aprendieron en un Ibiza de tres de la mañana. Juro que en aquel cuarto sacaron más de mí que mi santa madre en 40 años.

Y yo, mientras tanto, haciendo el esfuerzo por entender y dar sentido a todo aquel desastre de calzoncillos desperdigados, camisas abiertas y bombones aplastados en una búsqueda incesante de un no sé qué ni que sé cuánto.

Ecco habló uno de los polis, ligeramente disgustado, al encontrar mis líquidos de uñas. Sí..., con esto me hago las uñas de porcelana. Fue verlo y olerlo —con una cara de asco que no había conseguido anular en esos quince minutos de interrogatorio— y los dos desaparecieron por la puerta sin decir ni una palabra.

La raza humana alcanza su mejor estado, en cuanto más libertad tiene. Lo dijo Dante hace casi ocho siglos.

Pero así nos quieren. Nos quieren maniatados, reducidos a nuestra mínima expresión, recluidos en una aparente libertad alimentada de televisión y compra compulsiva. Porque más humanos somos.., peor para este sistema.

Me pregunto cuándo acabaremos con este orden que nos trata como máquinas y nos quiere como robots. Tal vez el final de esta dictadura se conseguirá a base de gestos; gestos como el mío —y no me creo un héroe— que finiquitaron dignamente aquellos minutos absurdos.

No hice más que recogerlo todo minuciosamente, regalándome mi tiempo, ocupando aquel cuarto más minutos de los presuntamente debidos y que más tarde, no lo dudo, volvería a ser usado para desnudar a otro inocente (no podemos olvidar que el mundo es más sano de lo que nos pintan).

Sí. Volví a construirme la dignidad. Pero antes de marcharme, sobre la fría mesa de metal, dejé uno de los bombones que los cabrones habían abierto de par en par para comprobar si tenían algo dentro. 

Lo dejé allí, abandonado, a modo de carbónico regalo de Navidad.

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