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Qué poco me gusta el día después. Atrás queda el día en que todos nos sensibilizamos con la situación del género femenino en nuestra sociedad. Atrás dejamos las concentraciones, las manifestaciones, los comunicados de organismos oficiales, sindicatos y ONG. Atrás, las buenas palabras y mejores intenciones, perfumados de utopías; dejamos de agitar indignados ante la opinión pública los artículos fundamentales de nuestra Constitución, esos que proclaman que todos somos iguales sin discriminación de género.

Pasó el día en que los medios de comunicación exhiben sus encuestas donde queda de manifiesto la desigualdad existente entre hombres y mujeres, sobre todo en el plano laboral y social; y tras la correspondiente ración de latigazos frente al espejo, de nuestras introspecciones para analizar cuán responsables somos cada uno o qué parte de la tarta de la desigualdad nos corresponde, parece que al llegar las doce de la noche, de nuevo volverá el sosiego. Respiraremos tranquilos otros 365 días más, hasta que en vísperas de un nuevo 8 de marzo todos volvamos a sentirnos miserables por permitir que ellas sigan estando en el mismo escalón, en el mismo rincón que estaban hace cinco, diez, 20, 30, 40 años.

Por eso odio el 9 de marzo. Porque hoy, nadie hablará ya del problema. Volveremos a nuestros Urdangarines, a nuestro paro, a nuestro referéndum en Cataluña, a nuestro Bréxit, a nuestras cláusulas suelo, a nuestros Bárcenas-Rato-Blesa, a nuestra Champions League… volveremos a lo que quieren que nos importe. Que nadie dice que no sea importante, nada más lejos de mi intención. Pero… ¿de qué nos sirve dedicarle un día al año a las desigualdades hombre-mujer, si el resto solo nos acordamos de ellas para velar los cadáveres de las víctimas de violencia machista? Qué verdad es esa de que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Por desgracia tienen que morir mujeres para que esta maldita sociedad aborregada se dé cuenta de que están siendo víctimas de un modelo social que las aísla, las discrimina, las utiliza y, en los casos más extremos, las destruye.

No pongamos paños calientes a una situación que clama ser resuelta desde hace generaciones. Que muchas de nuestras bisabuelas, abuelas y madres lucharon por tener no más o mejor que el hombre, sino exactamente lo mismo y décadas después su pelea sigue siendo la misma. Señores políticos: hagan lo que tengan que hacer, que luego bien que se acuerdan de ellas cuando llegan unas elecciones. No regalen flores: regalen oportunidades.

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