Odio al odio

Sebastián Chilla.

Sebastián Chilla

Graduado en Historia por la Universidad de Sevilla. En la actualidad, curso Antropología Social y Cultural por la UNED y el Máster de Profesorado en la Universidad de Granada. Cuento historias y junto letras en lavozdelsur.es desde 2015. 

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Contemplo con preocupación cómo se desarrollan en estas últimas semanas los acontecimientos en nuestro país.

Contemplo con preocupación cómo se desarrollan en estas últimas semanas los acontecimientos en nuestro país. La situación en Cataluña y la reacción del conjunto de la sociedad española hacen prever el peor de los escenarios. Y es que lejos de promover el diálogo, parece ser que las movilizaciones de los últimos días sólo han acrecentado la incertidumbre y la impotencia. La desazón llega a tal punto que cualquier comentario, favorable o no favorable, al derecho a decidir y/o en condena a cualquiera de los acontecimientos vividos en el 1-O o tras el 1-O tiene una respuesta visceral, cargada de rabia.

Ya hemos visto de todo. Y a estas alturas, cada uno con sus posiciones, solo queda pedir que no vayamos a más. Hay quienes se frotan las manos con todo esto, utilizándolo para reavivar el fantasma de las dos Españas y buscar el cisma entre la sociedad española. Y es cierto, hay varios puntos de vista en todo este conflicto. Pero, por ejemplo, que yo sea partidario de una solución con una república federal encima de la mesa y del derecho a decidir, pactado, con garantías y a medio plazo, no significa que vaya a contribuir con alguno de mis comentarios a acrecentar este clima de odio. Faltaría más.

Odio al odio. No hay momento para el odio. Y este menos. No vamos a llegar a ningún lado si seguimos así. La fuerza y la imposición no nos acercan a lo correcto. Creo en el espíritu del diálogo y mantengo que en las altas esferas ninguna de las partes está haciendo lo correcto. Unos, con la Carta Magna en la mano, amenazan con el uso de la ley y de la fuerza. Los otros, teniendo como rehenes al pueblo, juegan con él a una. Ambos, anteponiendo su interés político al de todos, tensan la cuerda. Y es que en esto de los nacionalismos radicales, al fin y al cabo, los que salen perdiendo son los de siempre: el pueblo. ¿Quién ha pensado en las consecuencias que tendrá todo esto, salga como salga, para las clases populares? ¿Dónde estamos los internacionalistas y los que creemos que otro mundo es posible, sea bajo la bandera que sea?

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