Cuando leí Cien años de soledad, con diecinueve años, no llegué a alcanzar la trascendencia y magnitud de la novela, pero quedé impregnado para siempre con su naturaleza.

Entonces era habitual frecuentar un bar que había en la calle Antona de Dios que se llamaba Salam (“La Paz”), lugar de referencia en Jerez a finales de los setenta y comienzo de la década siguiente. Allí se anunciaban y se sucedían las leyendas, sin escatimar incienso a los autores correspondientes, casi a diario: la música internacional, el rock andaluz, el cante flamenco local, el teatro, la poesía o la utopía por continuar aquella vida tan joven en la espiritual Ribera de Grazalema, en Bolonia o en Zahara de la Sierra. Todo era nuevo y deslumbrante para los que éramos unos pretenciosos intelectuales, casi adolescentes, durante  el alumbramiento político y social que se dio en ese momento: en el que también llegó a nuestras vidas la grandeza del escritor colombiano.

Los que nacimos a mediados del siglo pasado, entonces Jerez no era la ciudad que es hoy, podemos guardar en la memoria los recuerdos que ilustran el rostro social de la época, y también la transmisión oral de historias increíbles y ciertas. Por eso, quizá, ese mundo asombroso no me era del todo desconocido, y, en algunos aspectos, incluso podía llegar a interpretarlos con cierta familiaridad.

A menudo, cuando hablamos o escribimos, se nos olvida que pertenecemos a la comunidad hispana; que nuestra lengua tiene fortaleza y continuidad, a pesar de las influencias anglosajonas, gracias a la gente más humilde de los países de América que hablan como lo hacen los libros. A veces se nos olvida lo que somos porque nos dejamos influenciar por todo lo ajeno que nos invade; nos confundimos al considerarlo, artificialmente, moderno. Basta con leer cualquier escrito de un autor hispanoamericano, para darnos cuenta de la cantidad de palabras sencillas y precisas que hemos perdido para identificar a las cosas, y a nosotros mismos;de otras que no hemos aprendido o que no nos atrevemos a usara pesar de la dimensión profunda, el brillo, la perfección de su sonido y la poesía con la que ellos las pronuncian.

Hoy, un día después del sábado, tengo la oportunidad de publicar estas líneas para decir que cuando se va un hombre como Gabriel García Márquez, no queda otro para reemplazarlo.

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