No es Ciudadanos, es Pedro Sánchez

Raúl Solís

Raúl Solís

Periodista, europeísta, andalucista, de Mérida, con clase y el hijo de La Lola. Independiente, que no imparcial.

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Quienes hemos trabajado en medios de comunicación y en gabinetes de prensa sabemos que la concatenación de dimisiones no son casualidad ni surgen por generación espontánea. No dimitió espontáneamente Iñigo Errejón ni tampoco es espontánea la dimisión de Toni Roldán, el portavoz económico de Ciudadanos al que le han seguido el eurodiputado Javier Nart, el jefe de la bancada naranja en Asturias y otro dirigente de Murcia.

Por la mañana, dimitía Toni Roldán, que defendió con uñas y dientes, tribuna mediante en El País, el acuerdo de Ciudadanos con PP y Vox en Andalucía; más tarde, antes de irnos a almorzar, lo hacía Javier Nart, aunque éste sin dimitir de su euroescaño y haciéndolo tan solo de la directiva nacional del partido de Albert Rivera.

A la hora del té dimitía Miguel López Bachero, dirigente de la ejecutiva naranja en la Región de Murcia, y ya con la digestión de las pastas hecha lo hacía Juan Vázquez, exrector de la Universidad de Oviedo y cabeza electoral de la formación en las elecciones autonómicas.

Cuatro dimisiones en un día. Una detrás de otra, con un efecto dominó que traducido al lenguaje mediático significa derrumbe, desplome, hundimiento, demolición controlada y desplome del proyecto que nació auspiciado por los bancos para contrarrestar al Podemos que las encuestas, antes de que las cloacas empezaran a hacer de las suyas, le daban como posible vencedor en unas elecciones generales.

A Ciudadanos, el “Podemos de derechas” que Josep Oliu, presidente del Banco Sabadell, afirmó que había que impulsar para frenar a los de Pablo Iglesias, le pasa lo que a todos los juguetes políticos que se inventa el poder económico para intentar parar los cambios o redirigir las ansias de justicia de la sociedad.

Así pasó con UCD, el partido de Adolfo Suárez, que pasó de gobernar España con 168 diputados a quedarse con 11 escaños a los cuatro años, y con UPyD, que fue liquidado una vez que dejó de serle útil a quienes hormonaron a la formación de Rosa Díez, que fueron los mismos que hormonaron a Ciudadanos y que ahora le aprietan las tuercas a la ambición de Rivera para que se abstenga en la investidura de Pedro Sánchez y evite que Podemos y Pablo Iglesias se sienten en el Consejo de Ministros.

El poder económico, las multinacionales de las comisiones al 3% y los bancos a los que hemos rescatado por valor de 60.000 millones de euros, no pueden tolerar que una formación como Podemos, que no se conforma con agitar las banderas arcoiris y nombrar el feminismo sin predicado, está dispuesta a confrontar directamente con quienes mandan de verdad, entre en la sala de máquinas del Estado.

Podemos puede gobernar en ayuntamientos y autonomías, pero nada de cenar en el salón de gala del comedor de palacio. Para ello, el poder económico, como ha hecho siempre, se sirve de un Partido Socialista que recoge el voto de la gente sencilla para luego regalárselo a las fuerzas oscuras que ostentan el poder sin presentarse a las elecciones y que no están dispuestas por nada del mundo a ceder privilegios en un país con 12 millones de personas en la pobreza y niveles de precariedad que sitúan a España más cerca de países latinoamericanos que europeos.

La operación para obligar a Albert Rivera a que se abstenga en la investidura de Pedro Sánchez no se daría sin el concurso del PSOE, que es quien está movilizando todos los resortes que controla para evitar que Podemos y Pablo Iglesias introduzcan su agenda social en el próximo Ejecutivo.

Mientras Iglesias se reunía con los líderes sindicales este lunes y coincidían en la necesidad de conformar un gobierno de coalición que recupere derechos laborales, días antes, en secreto, Pedro Sánchez se veía con Pablo Casado en Moncloa. Pedro Sánchez ha intentado también reunirse con Rivera para tratar de convencerlo de que se abstenga y lo libre así de Podemos, pero Rivera no se ha prestado.

Una vez más se visualiza que el gran problema de España es el PSOE, porque es el partido que, recibiendo los votos por la izquierda, frena los avances progresistas y se somete a los grandes poderes económicos que tienen en el PSOE a su más firme aliado.

Mucha gente quiso creer que Pedro Sánchez era diferente, que su lucha para llegar a la Secretaría General del PSOE, en contra del aparato y de Susana Díaz, el ala más derechista del partido, era sincera y que gobernaría atendiendo las proclamas de “con Rivera, no” que le gritaban los simpatizantes la noche electoral en el balcón de Ferraz.

Es a toda esa gente a la que Pedro Sánchez le está mandando el mensaje de que el PSOE no ha cambiado, de que sigue siendo el mismo partido de toda la vida, que cosecha los votos de la gente sencilla para luego hacer políticas reaccionarias en lo económico mientras hace creer que ondear las banderas de las guerras culturales es suficiente para ser de izquierdas.

A todo esto, sorprende el silencio atronador de las feministas vinculadas al PSOE sobre qué les parece que Pedro Sánchez esté intentando llegar al Gobierno de España con los votos de un partido antifeminista como Ciudadanos que defiende la mercantilización extrema del cuerpo de las mujeres.

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