Reconozco que sigo prefiriendo el Negro Cucaracha de toda la vida para estar encima de un escenario. Es, sin lugar a dudas, lo más socorrido y apañado para una gira ya que las manchas y las arrugas apenas se ven desde el patio de butacas, lo más cómodo para el siempre extraño técnico de luces y lo más alejado de ese amarillo que tanto odian muchos artistas... Es verdad que a veces nos toca, por exigencias del guión, vestirnos de cualquier cosa -desde bandoleros hasta humildes labriegos de principio de siglo- pero ese pantalón negro con su camisa del mismo color son herramientas tan requeridas como pueden serlo la guitarra para un tocaor o un par de tacones para una bailaora.

Ciertamente son muchas las profesiones -sean artísticas como de otro ámbito profesional- que necesitan de un uniforme para ser reconocidos o ejercer mejor su labor... ¿Qué sería de los policías sin su uniforme? ¿De los bomberos sin su casco? ¿Y de los soldados, dentistas e incluso jueces sin sus ropas? Ahora está en boga -y sinceramente no le encuentro sentido- eso de cuestionar la forma de vestir de nuestra nueva hornada de políticos; de mofarse de sus humildes trapos y de criticar su presunta falta de protocolo.

Es verdad que el caso de los deditos de nuestra señora alcaldesa tiene tintes un poco estrafalarios y dignos de ser recordados, al menos, en nuestro carnaval pero de aquí a que podamos vislumbrar y predecir ciertas políticas, casi siempre apocalípticas, por el simple hecho de que un político se decida por una camiseta de algodón o por una camisa de cuello Mao tiene su miga. Eso nos lleva al mismo sitio: el sometimiento de la plebe a unos prejuicios pasados ya de moda y la falta de valores de una sociedad que tildamos de avanzada.

Para ser político, visto lo visto y según la vieja escuela, uno tiene que tener dos trajes, varias corbatas, pantalones de pinza para parar un tren y dos pares de zapatos de charol que tendrán que ser envidiados hasta por el mismísimo Fred Astaire; en caso contrario, si usted no tiene nada de eso, vaya olvidando eso de hacer carrera en un ayuntamiento..., acaso servirá o serviremos para cuidar los perros de las familias acomodadas o como chachas de cualquier extranjero con residencia en España...

O tal vez sea cierto de que en esos países donde se cuecen la habas tengamos que ir peripuestos para esconder nuestras miserias y no inspirar lástima..., y nos permitan comer, ya en los postres, las sobras que ellos ya no desean seguir masticando..., pero queda demostrado -y más durante estos últimos años de corrupción y pillaje- que una buena corbata o un traje rojo de ejecutiva nunca otorgarán la cualidad más honrosa en un político: la honradez y la dignidad..., porque ambas están en los genes de cada uno y no escritas en una estúpida e incomoda etiqueta de nylon.

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