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El ruido suele esconder una nada… llena de nada.

A pesar de que he tenido trato frecuente con personas que se consideraban importantes, aún no logro soportar a la gente pagada de sí misma: aquél que hace permanentemente tema de su propia vida y que habla en primera persona y en modo superlativo.

Uno puede tener la desgracia de ser un mentecato, porque la educación y la cultura dicen más de uno mismo y de su familia que de la escuela, pero no conviene ser altisonante, pues no se debe añadir vanidad a la ignorancia. Si usted tiene la desdicha de ser un zoquete, al menos no lo pregone. Intente callarse un poco porque de la ignorancia y la presuntuosidad nace la estupidez, que es el mayor mal social.

Aunque, en cierta ocasión, llegué a conocer a una persona que coceaba con ahínco aún más cuando callaba aparentando concentración como un mulo asomado a un barranco- que cuando solo rebuznaba. Con esa asnalidad pomposa y grave de algunos políticos, como dice Montaigne. Tenía un hueco considerable en su cabeza que rellenaba con tautologías, lugares comunes y malquerencias. Hacía gala de comedimiento, lo que era simple estupefacción ante una minucia, y aparentaba interés intelectual que revelaba un desierto sin límite. Era un perfecto estúpido: contento consigo mismo, sermoneador y vano. Lameculos con los poderosos, altanero con los iguales y cruel con los subordinados. Todo lo maquinaba calculando el beneficio propio aunque solía conseguir victorias pírricas, pequeños desastres para él y sobre todo para los demás.

En fin, estar callado no es lo mismo que estar en silencio. Pero algo es algo. En general, se agradece la ausencia de ruido. La nada se exhibe y vocifera; el conocimiento es recatado, habla bajito. La nada es gritona, repetitiva y faltona, amoral y falsamente rebelde… aunque venga envuelta en el oropel de la modernidad (y aún de la postmodernidad) y acompañada de fuegos artificiales.

El ruido, el griterío, lo aparentemente escandaloso, suele esconder —como poco— una nada llena de nada.

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