Un parche feminista. FOTO: CLAUDIA GONZÁLEZ ROMERO.
Un parche feminista. FOTO: CLAUDIA GONZÁLEZ ROMERO.

Los gestos de desaprobación y los mantras negativos del tipo “debes estar en casa con los niños SIEMPRE”, o “eso no es trabajo, es disfrute”, se repiten hasta la herida.

Muchos comportamientos y pensamientos machistas, clichés, siguen arraigados en nosotros, y también se sienten en los círculos culturales (culturetas), y entre intelectualoides de medio pelo. Sí. Lo que leen. Aunque parezca asombroso y fuera de lugar en este momento luminoso, en apariencia, que vivimos las mujeres en el mundillo. Ya escribí sobre este tema, hace un par de años en otro medio, y ahora, me vuelve a hervir la sangre, a pesar de que no soy una feminista exaltada, qué cansancio. A ver, les cuento:

Si mis padres no están del todo de acuerdo con mi “estilo de vida”, lo puedo entender hasta cierto punto. Quizás por hartazgo y exceso de responsabilidad, pues son los abuelos y asumen (por voluntad propia, todo hay que decirlo), el cuidado de nuestros hijos cuando papá y mamá trabajamos. Pero si mamá es escritora (además de profesora de Secundaria), lucha por otro de sus sueños (editar libros), y además, la invitan de vez en cuando a saraos literarios (sí, de vez en cuando), los gestos de desaprobación, y los mantras negativos del tipo “debes estar en casa con los niños SIEMPRE”, o “eso no es trabajo, es disfrute”, se repiten hasta la herida. De ellos, de los abuelos, es perdonable. Pero no dejo pasar ni uno solo que llegue de alguien de fuera. Y llegan, con demasiada frecuencia,

Mi experiencia personal sirve para demostrar que el intento de culpar (de todo) a la mujer, madre, trabajadora y apasionada de “sus labores”, está plenamente vigente. Me lo llevo a mi terreno, porque es el que conozco, y precisamente el otro día lo hablábamos entre compañeras en la Feria del Libro de Cádiz. Una de ellas, amiga, madre, trabajadora, autora y editora, también se siente “culpable”, cuando deja en casa a los niños con la abuela, para participar en una mesa redonda, conferencia, presentación, o, simplemente, dar una vuelta por algunos de los puntos de firmas de autores.

Las mujeres que tenemos una pasión, más allá de la casa, los hijos, e incluso, el trabajo (muchas veces mera esclavitud hipotecaria), no estamos bien vistas, todavía. Lo más atroz es deben creerme si les digo que una vez otra compañera me aconsejó no airear mucho mi vida familiar, pues eso de tener “cargas” o “bebés”  espantaba a los contactos interesantes para el ascenso y la gloria literaria. Me pareció algo atroz. Sí.

Y es que, como ayer bien afirmaba en una mesa redonda sobre el proceso creativo literario otra compañera, todavía las mujeres llevamos atadas a los tobillos pesadas bolas de acero y plomo. Tenemos libertad,  claro, pero llegamos más tarde, y agotadas. No hay que generalizar, por supuesto. Pero es una realidad que no se verbaliza a veces por miedo a un estigma que se convierta en vórtice del tiempo, que nos lleve directamente al pasado.

Mujeres valiosas se quedan en el camino al éxito, por estar exhaustas. La sociedad exige sin medida, y aceptamos sumisas las exigencias en más ocasiones de las que deberíamos, y también, por miedo a que nos tilden de hembristas, cuando no se entiende bien la esencia verdadera del feminismo, que no es otra cosa que una reivindicación de la libertad como personas, más allá de sexo y género.

Hay pequeños gestos que pudren la raíz de cualquier buena intención, y servidora observa cómo nadie pregunta a ningún autor (de semejante trayectoria a la mía y vida paralela en cuanto a número de hijos, etc.), en una lectura, que dónde están sus hijos pequeños, que dónde los ha dejado, que cómo es posible que a horas intempestivas de la tarde, esté solo, y sin su esposa, fuera de casa, desatendiendo el universo del hogar. Sin embargo, a mí me lo preguntan cada una de todas las veces que “escapo” sola a algún acto, o intento ser persona, y sentirme satisfecha conmigo misma, para llevar esa satisfacción a mi casa.

No quiero caer en topicazos, ni en fórmulas manidas para la defensa de las mujeres en cualquier ámbito profesional. Por eso no voy a extenderme más de lo necesario en este artículo, pues el tema da juego, y mucho. Pero también cansa. De momento reivindicaré todas mis facetas, pues todas, y cada una me conforman como persona. Si una sola me faltara, estaría incompleta, no sería feliz, y los míos, incluido el bebé, tampoco.

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