Miguel Arcas Morena en la prensa sevillana de 1932

A pesar de su corta edad, la policía lo presentó como uno de los agitadores más activos del ambiente anarquista de la ciudad

21 de enero de 2026 a las 17:25h
Miguel Arcas Morena.
Miguel Arcas Morena.

En la Sevilla de 1932, una ciudad sacudida por huelgas, disturbios y una intensa conflictividad social, un nombre empezó a repetirse con frecuencia en las páginas de los periódicos: Miguel Arcas Morera. Tenía poco más de 19 años, era carpintero y vecino del barrio de San Julián, pero en pocos meses pasó de ser un joven obrero anónimo a convertirse en una figura conocida de la crónica policial y judicial.

Diarios como El Liberal siguieron de cerca su trayectoria, mostrando no solo la preocupación de las autoridades por su actividad política, sino también el apoyo popular que despertaba entre amplios sectores del movimiento obrero sevillano.

Un joven bajo sospecha

A pesar de su corta edad, la policía presentó a Miguel Arcas como uno de los agitadores más activos del ambiente anarquista de la ciudad. Afiliado a la Federación Anarquista Ibérica (F.A.I.), fue señalado como supuesto dirigente del llamado «Grupo Arcas», integrado —según los informes oficiales— por una docena de militantes.

A este grupo se le atribuyeron algunos de los episodios más graves del año: los disturbios de la plaza del Pumarejo, el atraco al Monte de Piedad de la calle San José, la agresión a un agente de policía y el atentado contra el contratista de obras Fajardo, además de otro enfrentamiento con las fuerzas de seguridad en la calle Feria. Sin embargo, incluso la propia prensa reconocía que estas acusaciones no llegaron a sostenerse con pruebas concluyentes.

Detenciones, cárcel y cartas a la prensa

La primera detención de Miguel Arcas estuvo vinculada a estas imputaciones y al hallazgo de explosivos en la muralla y en varios domicilios del barrio de la Macarena. Seis detenidos declararon que había sido él quien les había facilitado bombas ya inutilizadas.

Tras su arresto fue ingresado en prisión, primero en el Castillo de Santa Catalina. Desde allí, en marzo de 1932, escribió a los periódicos proclamando su inocencia en el supuesto atentado contra Fajardo y solicitando ser trasladado a una cárcel civil.

Aplausos ante la Audiencia

Uno de los episodios más llamativos tuvo lugar en agosto de 1932, cuando Miguel Arcas fue conducido a la Audiencia para ser juzgado por la agresión a un agente. A las puertas del edificio lo esperaba una multitud que lo recibió con aplausos y vivas, una escena que sorprendió incluso a los cronistas y que evidenciaba el respaldo popular del que gozaba.

El juicio estuvo rodeado de polémica. Las pruebas eran débiles y el propio agente agredido no logró identificarlo con seguridad, según denunciaron sus familiares. Aun así, la sentencia fue severa: cinco años de prisión.

Ni siquiera la condena puso fin a su notoriedad. En septiembre, junto a otros dos reclusos, intentó fugarse de la cárcel del Pópulo. Estuvo a punto de lograrlo: ya había alcanzado el último patio, prácticamente en la calle, cuando fue reducido a punta de fusil.

La voz del acusado

En su primera detención, la prensa tuvo acceso directo a Miguel Arcas y ofreció un retrato poco habitual para una crónica policial. Lo describía como un joven de aspecto agradable, conversación fluida e inteligencia despierta. Carpintero de oficio, se declaraba anarquista convencido, pero negaba de forma tajante cualquier participación en actos violentos.

Según su versión, el día de los hechos había salido simplemente a informarse sobre el final de una huelga, paseado por el barrio y pasado la tarde en casa de su novia, leyendo una novela de Vargas Vila junto al brasero. Admitía haberse ocultado algunas noches para evitar la vigilancia policial, aunque insistía en que nunca había salido de Sevilla.

—Yo no soy pistolero ni criminal —afirmaba—. Tengo mis ideas y estoy afiliado a la F.A.I., pero nunca he atentado contra nadie.

Durante los interrogatorios respondía con rapidez y soltura, e incluso se interesaba por la situación de conocidos militantes anarquistas como Durruti, Ascaso o García Oliver. Llegó a pedir al comisario que dejara en libertad a los otros dos detenidos junto a él, a quienes calificó como «dos infelices».

Un retrato cotidiano

El registro policial no encontró armas en su poder. Tan solo llevaba una pequeña cartera con algunos papeles, la fotografía de su novia y seis pesetas con cincuenta céntimos. Vestía pantalón claro, chaqueta de crudillo, abrigo color plomo y una bufanda blanca; solía llevar una gorra de cuadros, muchas veces en la mano.

Este retrato casi costumbrista contrasta con la imagen de cabecilla violento que difundían los informes oficiales.

Un símbolo de su tiempo

A lo largo de 1932, Miguel Arcas Morera pasó de ser un joven obrero del barrio de San Julián a convertirse en un símbolo del obrerismo sevillano. Para muchos encarnó la represión, la esperanza de cambio y las profundas tensiones sociales de la Sevilla de los primeros años de la Segunda República.

Su nombre quedó fijado en la prensa y en la memoria colectiva de una ciudad convulsa, donde la frontera entre militancia política, sospecha policial y persecución judicial fue con frecuencia tan difusa como injusta.

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