Paseo marítimo de Matalascañas en una imagen reciente.
Paseo marítimo de Matalascañas en una imagen reciente.

Quienes conocimos aquella Higuerita —como se la llamaba en los años sesenta— sabemos que Matalascañas fue, durante un breve y frágil instante, un paraíso casi virgen en el corazón del entorno de Doñana. Dunas móviles, cañas, fauna y el sonido del mar al amanecer componían un paisaje que no necesitaba adjetivos ni planes de ordenación urbana. Hoy, ese recuerdo contrasta violentamente con la imagen actual: un paseo marítimo arrasado por el mar, como si el océano hubiera cometido una afrenta imperdonable al progreso.

La escena es elocuente, aunque algunos prefieran no entenderla. El mar no ha hecho nada extraordinario: ha avanzado, ha erosionado, ha reclamado su espacio. Lo extraordinario fue creer que no lo haría. El modelo de desarrollo turístico del litoral andaluz encuentra en Matalascañas uno de sus ejemplos más grotescos: una urbanización levantada contra toda lógica ecológica, geográfica y, a la vista de los resultados, también económica.

Durante décadas se vendió este pueblo-urbanización como un sueño accesible para clases medias aspiracionales, con el reclamo de sol, playa y naturaleza… convenientemente domesticada por el hormigón. Hoy, muchos de aquellos compradores claman contra la naturaleza, como si el mar fuera un okupa imprevisible, pero rara vez contra su propia responsabilidad colectiva en la destrucción del territorio que dicen defender. El mar, al parecer, debía comportarse con urbanidad, respetar escrituras, hipotecas y folletos inmobiliarios.

El franquismo dejó pesadas herencias, y entre ellas este engendro urbanístico plantado frente a un espacio natural de valor incalculable. Pero sería intelectualmente deshonesto atribuirle toda la culpa. La democracia no solo no corrigió el disparate, sino que lo consolidó, lo amplió y lo convirtió en modelo. Se construyó más, se vendió mejor y se llamó desarrollo a lo que no era más que una huida hacia adelante.

El resultado es un callejón sin salida: un litoral artificial, vulnerable y carísimo de mantener, que exige inversiones públicas constantes para sostener lo insostenible. Cada temporal devuelve la misma pregunta incómoda: ¿hasta cuándo seguiremos fingiendo que esto fue mala suerte y no una decisión consciente?

Quizá muchos no lo recuerden —o prefieran no hacerlo—, como el Ayuntamiento de Almonte, pero hubo un tiempo en que, al alba, entre dunas y cañas, solo se oían el mar y la fauna. No era una postal romántica ni una exageración ecologista: era simplemente la realidad antes de que el hormigón decidiera desafiar a la marea. El mar, como siempre, ha tenido la última palabra.

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