Miedo escénico en las presentaciones literarias

Entre ese aplauso de cortesía nacido de la lástima y el silencio de una sala vacía, un servidor prefiere, sin dudarlo, quedarse en la nada

23 de marzo de 2026 a las 08:33h
Una silla en una librería.
Una silla en una librería.

Tiene el sector editorial un gusto obsesivo, casi patológico, por la inercia. Tanto que cualquier observador con un mínimo de criterio no dudaría en recordárselo cada vez que la realidad golpea con su puño implacable: las presentaciones literarias son un destacamento de sillas vacías que parecen burlarse de un plan que nació moribundo.

Vivimos en la era de la hiperconexión, donde seguimos a nuestros escritores favoritos en Instagram, X o TikTok. Vemos qué desayunan, qué subrayan y cómo se quejan del bloqueo del escritor. Esta cercanía virtual ha creado un espejismo peligroso: la NO necesidad de estar cerca de ellos porque una pantalla nos acerca a ellos.

También coexiste un problema añadido que cuesta reconocer: la inmensa mayoría de presentaciones literarias son un verdadero coñazo. Y contra eso, hay que luchar. Dicen que para vencer al enemigo, se antoja necesario conocer sus puntos débiles. Empecemos por ahí si queremos invertir el proceso.

A esto, debemos sumarle la velocidad vertiginosa de una industria que no para de imprimir obras. Se publica tanto y tan rápido que hemos generado un desapego a la importancia del libro. ¿Tenemos tanto tiempo para leer? Cuesta encontrarlo, seamos sinceros.

Llegados a este punto, quien les habla no puede evitar un sentimiento a medio camino entre la comprensión y el rechazo cada vez que un compañero de letras libra la dura batalla de una nueva presentación. No es por falta de empatía, sino porque me resulta doloroso observar cómo se despliegan ciertas estrategias de comunicación. No me parece la mejor vía verter toneladas de pena o victimismo en las redes sociales para terminar mendigando cuatro o cinco asistentes que, lo sabes de antemano, acudirán por puro compromiso. 

Hay algo profundamente triste en una sala donde el público está allí por "hacer el favor" y no por un convencimiento real. Entre ese aplauso de cortesía nacido de la lástima y el silencio de una sala vacía, un servidor prefiere, sin dudarlo, quedarse en la nada. La literatura merece un respeto que no se lleva bien con la súplica digital. Aunque ese respeto sepa a cenizas y a hiel.

Entonces, ¿está muerta la presentación literaria? No necesariamente, pero necesita una transfusión de sangre nueva. Necesita humanizarse. El público actual no busca una lección magistral de un tipejo que se sienta a pontificar durante una hora, busca una conexión que haga merecer la pena haber invertido esos sesenta minutos de tu tiempo.

Las presentaciones que logran romper la barrera del aforo mínimo suelen ser aquellas que se atreven a ser otra cosa: un club de lectura gigante, un diálogo cruzado, una sesión donde se permite el humor, el debate real o incluso, ¿por qué no decirlo?, la creación en vivo (como Uclés y su acordeón).

Como ya he comentado en alguna otra ocasión, la literatura es, por definición, un acto de resistencia. Escribir lo es, y leer también. Quizás es hora de que las presentaciones también lo sean: un acto de resistencia contra la prisa, una pausa necesaria donde el autor se baje del pedestal, abandone el lamento en redes y el lector se levante de la silla para recordarnos que, al final del día, lo que nos mueve sigue siendo la necesidad de contarnos historias, mirándonos de frente y sin trucos.

Gracias por la lectura y feliz lunes.

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