De atajos y certezas del lenguaje

Quien mete el dedo en la llaga del prójimo, lo hace a sabiendas de la existencia del dolor. No necesita comprobarlo, y lo hace

16 de marzo de 2026 a las 09:25h
La incredulidad de Santo Tomás, de Caravaggio.
La incredulidad de Santo Tomás, de Caravaggio.

Siempre me ha fascinado el barroco. De hecho, la intrahistoria de esta columna se pergueña con la mera y, ¿por qué no decirlo?, absurda contemplación de la obra La incredulidad de santo Tomás.

Ignoro si le pasará a usted, pero a mí este tipo de pinturas —y su incalculable riqueza de detalles— me dejan con la absurda sensación de una vaca viendo pasar el tren.

Durante los dos minutos, o quince, quién sabe, que duró el ensimismamiento, pude llegar a una conclusión que dio pie a todo lo demás. Pero no nos adelantemos, empecemos por el principio.

¿No les parece perturbador e incluso ofensivo, que el dedo del santo busque únicamente saciar la curiosidad?

Caravaggio fue capaz de capturar el momento justo en que la fe deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una cuestión de desconfianza. El dedo del discípulo no roza la piel; la vulnera, rasgando la frontera del cuerpo resucitado para hacer de la herida una pequeña conquista.

No menos fascinante es cómo esa imagen, que originalmente representaba el nacimiento de la certeza a través de la duda, ha mutado en el lenguaje cotidiano hasta convertirse en una expresión de doble filo. “Meter el dedo en la llaga” conjuga dos impulsos humanos tan antagónicos como universales: la necesidad científica (y desesperada) de buscar la verdad, frente a la voluntad sádica de hurgar en el sufrimiento ajeno.

Por eso, podemos convenir que el dedo del santo se convierte en un instrumento de medición. Al introducir el índice en el costado de Cristo, Tomás busca fundamentarse.

Sin embargo, hay algo intrínsecamente violento en este acto de comprobación. Caravaggio nos ahorra el detalle: la piel se pliega, se hunde y se abre bajo la presión del dedo sucio de un pescador. Esto nos enseña que la búsqueda de la verdad, por muy legítima que sea, rara vez es un proceso indoloro.

Quien mete el dedo en la llaga del prójimo, lo hace a sabiendas de la existencia del dolor. No necesita comprobarlo, y lo hace. El deseo, o la intención, pasa por reactivar ese dolor… multiplicarlo si fuera posible. Si en el cuadro del artista la llaga es el causa del milagro (el triunfo de la vida sobre la muerte), en la interacción social la llaga es el estigma. Hurgar en ella es un acto de dominación: “Sé dónde te duele y tengo control sobre ello”.

Bajo la luz cenicienta del día que termina, el dedo sigue allí, suspendido en el umbral de la carne. Es en ese milímetro de distancia donde se decide nuestra humanidad: el roce puede ser el inicio de una transformación personal, o simplemente el frío memorial de que somos expertos en cartografiar el padecimiento ajeno hasta convertirlo en triunfo personal.

Al fin y al cabo, cada cual elige su propio destino.

Gracias por la lectura y feliz lunes.
 

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