Pocas sensaciones son tan desalentadoras en esta vida como que se te queden duras las alubias. El que lo ha vivido sabe de qué hablo. Por un instante, nuestra concepción del mundo se rompe. No comprendemos qué ocurre y todos los elementos parecen rebelarse contra el cocinillas —desdichado mortal— de forma inexplicable. Lo experimentado sorprende tanto como la existencia de otros y que nosotros mismos somos otro entre los otros. Seguramente, cuando Paul Ricoeur disertó sobre esto en su Historia y Verdad, no atisbó que un día llegarían a ser enmarcadas sus palabras por el inefable arrullo del Avecrem. Pero así es la vida. El cocinero ve tan incomprensiblemente alterado su escenario como el humano al descubrir que hay varias culturas en lugar de una sola —esto último está en proceso de recesión, que nadie se altere—. ¿Fue el tiempo? ¿Fue el remojo de la noche anterior? ¿Quizás el caldo? Las preguntas se agolpan y la frustración aumenta. El caos se apodera de la olla.

No entender el orden natural de los productos alimenticios no es exclusivo del pinche. Tampoco de Ana Botella, aunque ella creyera tenerlo igual de dominado que la lengua de Shakespeare. Puede que alguna vez olvidemos poner la medida correcta de agua, pero quizás estuviéramos esperando el momento idóneo para crear un plato innovador. Tal vez lo nuestro sea la fusión de texturas. Lo que parece menos probable es que algún día nos apañemos con el alemán. Ordenar esos elementos —lingüísticos, esta vez— sí que nos sobrepasa a muchos mortales.

Desde el humilde punto de vista de quien les escribe, igual mérito tiene el que se hace con la fabada perfecta que el que domina, sin ser suyo, el idioma germano. Ambos retos son peliagudos, qué duda cabe. Sin embargo, considero que uno se encuentra mucho más atendido que el otro. No hay más que encender la televisión a mediodía o visitar una librería para comprobarlo. Son harto frecuentes los programas en los que un cocinero campechano de impoluto blanco —en el delantal y en el humor— pretende compensar nuestra falta de pericia ante los fogones. Incluso existe una tendencia reciente en la caja tonta a la copia y recopia de formatos en los que la gente cocina, estofa, ornea y sofríe a toda prisa y con fervor. Cocina con gente corriente, con famosos, con niños, con niños y famosos, con gente corriente, famosos y niños… Todo un derroche de creatividad culinaria multicanal. Los anaqueles de las franquicias libreras están también, entre autoayuda y autoayuda, hasta arriba de recetarios.

Sin embargo, poco puede encontrarse en los medios acerca del rompecabezas alemán. Resulta complicado entender por nosotros mismos qué ocurre en la nueva-vieja Alemania, y no solo por lo indescifrable del idioma. Pocos o ninguno son los periódicos que nos cuentan el motivo del apabullante dominio germano. ¿Por qué será que la todopoderosa Merkel es más temida que una olla de callos por la noche? ¿Cómo puede ser que los políticos de medio mundo se acogoten a su paso? ¿Por qué son tan complejas sus predicciones y tan difíciles de cumplir sus plazos? Y lo que es más importante: ¿por qué los impone ella? ¿Qué extraña propiedad la sitúa por encima de otros mortales, como el agua lo está sobre las alubias? Será que, como en el peliagudo ritual de la fabada, resulta crucial en esta vida asumir sin cuestionar el orden natural de los elementos.

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