Memoria contra el odio

Como decía Averroes, "la ignorancia lleva al miedo. El miedo al odio. Y el odio lleva a la violencia"

antonio manuel

Escritor. Profesor de Derecho Civil UCO y coordinador del Laboratorio Jurídico sobre Desahucios. Patrono de la Fundación Blas Infante. Vicepresidente de la Federación Ateneos de Andalucía. Portavoz de la Coordinadora Estatal Recuperando. Activista. Autor de 'La huella morisca', 'El soldado asimétrico', 'Flamenco. Arqueología de lo Jondo' y 'Daño'.

Refugiados en Idomeni, Grecia. FOTO: JAVI FERGO.
Refugiados en Idomeni, Grecia. FOTO: JAVI FERGO.

La ignorancia lleva al miedo. El miedo al odio. Y el odio lleva a la violencia (Ibn Rush) Conoce. No temas. No odies. Y ama

Me ocurrió hace unos días en el gueto de Venecia, su barrio judío. Me senté a descansar en un banco junto al muro que evoca un campo de concentración nazi, customizado con alambradas, un puesto de vigilancia militar, y una serie de lápidas que explican la bestialización humana del Holocausto. En la plaza del gueto nuevo jugaban niños y niñas, con la kipá y las coletas sueltas, aprovechando que era mañana de shabbath. Uno de ellos llevaba una pistola de agua. Su madre estaba sentada en otro banco con la mirada clavada en el móvil. Un grupo de escolares se acercó al muro, acompañado por su profesora. Dejaron las mochilas en el suelo y se dispusieron a escucharla. Ella les habló de la necesidad de reivindicar la memoria para que jamás vuelvan a repetirse las tragedias inhumanas que asolaron Europa durante el pasado siglo. Y en ese momento, el niño de la kipá, pelo suelto y pistola de agua comenzó a disparar a los estudiantes que tenían su misma edad, como si tratara de un fusilamiento masivo. Su madre seguía con los ojos hundidos en la pantalla, mientras los míos se salían de sus órbitas. Mi primer impulso no fue llamarles la atención. Lo siento. Me limité a hacer una foto de esta estampa descorazonadora para no olvidarla nunca: un niño judío disparando con una pistola de agua a otros niños, en el muro del gueto de Venecia levantado en memoria del Holocausto.    Moriré en vida el día que pierda le fe en el ser humano. El día en que asuma la maldad y el odio como enfermedades congénitas e incurables para la Humanidad. Sin embargo, mientras me quede un átomo de vida y esperanza, seguiré creyendo en la única religión que profeso: el corazón del ser humano que respeta la diferencia. No soy católico, judío ni musulmán. Pero por encima de todo, no soy contrario a ninguna de estas u otras creencias. Por eso evitaré cualquier juicio de valor sobre la actitud de aquel niño vinculándola a una confesión o a un Estado. Todos los fundamentalismos carecen de fundamento. Y tampoco los dioses tienen patria por más que las patrias se empeñen en tener dioses. Pero no puedo evitar que me duela en las cárcavas de la sangre como ser humano que cree en la humanidad. Seguro que aquel niño disparó su pistola de agua como un juego. Sin darse cuenta. Y eso, precisamente eso, es lo que me duele dos veces. La ignorancia del dolor ajeno. Porque como decía Averroes, “la ignorancia lleva al miedo. El miedo al odio. Y el odio lleva a la violencia”. Y para evitar esta terrible ecuación, no se me ocurre más vacuna que no olvidar, no temer, no odiar, y amar hasta que nos estallen las costuras del alma. Justo lo que estamos haciendo hoy. En el día mundial de las personas refugiadas. Y en un lugar tan simbólico como el monumento a Lázaro Cárdenas que acogió a 40.000 exiliados españoles de la guerra civil. Nos reunimos hoy y aquí, convocados por la plataforma “Córdoba Ciudad Refugio” para visibilizarlas y que no se olvide su tragedia. Para ponernos en pie y demostrar que no tenemos miedo a los poderes fácticos y políticos que desprecian a las 70 millones de personas que huyen del hambre y de la guerra buscando refugio. Para tenderles nuestras manos y abrirles nuestros corazones de par en par. Porque no sentimos odio. Ni siquiera de quien nos odia. Pero sí una rabia inmensa contra quienes lo siembran. Y las únicas armas que emplearemos para combatirlo son nuestra conciencia crítica y nuestras almas desnudas. La memoria frente el olvido. Y el abrazo frente a la concertina.      Aunque hoy es el día mundial de las personas refugiadas, a decir verdad, no hay palabra para designar a la persona que busca refugio. Y lo que carece de nombre, no existe. Refugiado es quien lo encuentra. Y mientras eso ocurre, no es nada. No es nadie. Y los nadie, como decía Galeano, no son titulares de derechos. Humanos sin derechos humanos. Ciudadanos sin ciudadanía ni más patria que sus zapatos. Quien busca refugio es un migrante que se marcha de donde no quiere hacia dónde no quisiera contra su voluntad. Por hambre de pan o de libertad. Hoy es el día del migrante que muere ahogado en la fosa común de las costas europeas. Del migrante sin prefijos y sin prejuicios. Quien lo llama inmigrante le estaba clavando un estigma. El mismo que no ve en sus propios ojos. No hay nada que me produzca más dolor que sentirse destinatario de una mirada enferma. O ser testigo de otros que la sufren. El amante que besa apasionado y sólo siente carne y saliva en los labios ajenos. El amigo que abraza con fuerza y siente que le oprime el otro para hacerle daño. El político que se siente perseguido en los gestos de quienes no militamos en sus filas. Quien siente rechazo al velo de una mujer musulmana y es incapaz de ver la cabeza tapada de una monja. Quien desprecia a un judío por que lleva una kipá pero no aprecia rechazo a una mujer con mantilla. Anne Freud llamó “proyección” a este mecanismo de defensa del yo angustiado. Quien siente vulnerada su personalidad, proyecta en el otro sus propios impulsos y deseos inaceptables para ocultárselos inconscientemente a sí mismo. Por la misma razón, quienes sienten vulnerada su identidad colectiva creen ver en los otros la hostilidad y el odio que en verdad proyectan hacia ellos. Cuando les enferma la mirada, es imposible conseguir convencerlos de lo contrario. No pueden mirar de otra forma. A pesar de la devastación moral de las guerras mundiales y civiles del siglo XX, el odio al diferente vuelve a instalarse en Europa. Todos conocen ahora sus adalides públicos y clandestinos. Pero es un mal que lleva incubándose desde hace demasiado tiempo, ante la indiferencia y la complicidad de muchos que ahora se echan las manos a la cabeza. En 2009 se vendieron un millón y medio de ejemplares del libro “Alemania se disuelve”, del socialdemócrata y exconsejero del Bundesbank, Theo Sarrazin. A pesar del origen islámico de su apellido, el autor defiende que los cuatro millones de musulmanes residentes en Alemania no quieren integrarse en la sociedad germana. Le enfermó la mirada y los señaló con el dedo. Porque son fáciles de señalar: son distintos. Visiblemente distintos. Y los acusa de romper la homogeneidad cultural de la sociedad contemporánea. En ese mismo año, Francia expulsó impunemente a los gitanos. No por rumanos, sino por visiblemente distintos. Y Suiza, como hiciera Angela Merkel con la Mezquita de Colonia, rechazó en referéndum los minaretes porque competían con los campanarios de las Iglesias. Por entonces, el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen cumplía 25 años con perspectivas al alza en consonancia con el aumento en las cuotas de poder de los partidos xenófobos en Holanda, Suecia, Dinamarca, Hungría, Austria… Cinco años antes, Saramago publicaba su “Ensayo sobre la ceguera”. “El multiculturalismo ha fracasado totalmente en Alemania”. Eso dijo Angela Merkel ante las Juventudes democristianas, el 16 de octubre de 2010 en Postdam. La misma que lideró en Europa la necesidad de acoger a los millones de sirios que buscaban refugio, mientras a la misma vez acordaba con Libia, Turquía y Marruecos la urgencia en levantar muros y alambradas. Comparto el diagnóstico. Pero no su mirada enferma. El multiculturalismo consiste en la mera coexistencia de distintos. Cada uno en su sitio que nunca es el común de los dos. Como una cómoda distribuida en compartimentos estancos. El multiculturalismo se funda en la tolerancia, no en el reconocimiento. Nadie se coloca en el lugar del otro para eliminar el propio concepto de otro. Sencillamente, lo trata como a un jarrón de porcelana que se mira pero no se toca. El interculturalismo, por el contrario, es una cómoda con los cajones sin fondo. La ropa se mezcla en una combinación caleidoscópica que fomenta visiones nuevas. Y necesita del reconocimiento al otro para que el concepto de otro deje de existir. No hay otros porque todos somos otros. Recuerdo al jugador alemán Özil, de origen turco, marcar un gol a las pocas semanas de estas declaraciones de Merkel. Para celebrarlo esbozó ante las cámaras una media luna con los dedos pulgar e índice de su mano derecha. Özil habla alemán. Juega con la selección alemana. Es musulmán. Y se siente diverso. Capaz de habitar en dos culturas distintas sin necesidad de renunciar a ninguna. Cuando se le impide ejercer o sentir esa dualidad, enferman las miradas de unos y otros. Por eso coincido con Merkel en que el multiculturalismo ha fracasado. El interculturalismo, no. El interculturalismo es la esperanza. Desgraciadamente, el interculturalismo no ha pasado de ser una política coyuntural que ninguna o rara vez han utilizado los Estados-Nación europeos para resolver cuestiones concretas. Ninguno lo ha utilizado como planteamiento estructural. Y mucho menos como ideología. Como una mirada terapéutica. Curativa. Y la razón es obvia: su virtualidad práctica negaría los pilares fundacionales de los propios Estados-Nación. El fracaso de la primera era globalizadora ha supuesto que millones de ciudadanos europeos, incluso con el vínculo político acreditado de pertenencia a un Estado miembro de la UE, hayan tomado como valor cultural propio el consumismo globalizado sin renunciar (o afianzando) sus diferencias civilizatorias. Se sienten europeos y musulmanes. Europeos y judíos. Europeos y negros. Europeos y sirios. Europeos y turcos. Europeos y subsaharianos. Europeos y gitanos. Por igual. Justo ahora que media Europa ha tomado la decisión de convertir estos conceptos en agua y aceite. De ahí la necesidad urgente de reivindicar políticamente la memoria, especialmente la que pueda servir como paradigma interculturalista. Me refiero a Córdoba. Me refiero a Andalucía, de la que Blas Infante decía que no hay extranjeros. No es casualidad que donde habita esa memoria hayamos dado cobijo a “refugiantes”. Así llamaremos a quienes, como nosotros, buscan refugio. Porque también lo fuimos y lo seguimos siendo. Sin más interés que mantener intacta y sana nuestra mirada. Han pasado diez años desde entonces y los discursos anti-memoria y anti-refugiantes se han instalado políticamente en Europa, también en España, con la complicidad expresa de partidos de derecha o autodenominados de “centro”. No podemos caer en el desánimo y normalizar estos discursos racistas y xenófobos. Porque no es un juego ni disparan con pistolas de agua. Leo con dolor mensajes de personas cercanas con las pituitarias muy desarrolladas a los que empiezan a olerles mal otros miembros de su especie. Animales con forma humana que encima se atreven a decirlo en público, sin pudor, mientras otros le ríen la gracia, les votan o pactan. Todos ellos quieren invalidar el derecho a la igualdad y al refugio que reconocen nuestra Constitución y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Por eso aquí y ahora, en Córdoba, reivindicamos nuestra memoria como refugio frente a quienes lo buscan desesperadamente para salvarse. Sin memoria, no somos nada. Y sin amor, no somos nadie. Texto leído en Córdoba, el 20 de junio de 2019, Día Internacional de las personas refugiadas, al pie del busto de Lázaro Cárdenas.  

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