Motos por la Avenida Álvaro Domecq. FOTO: MANU GARCÍA.
Motos por la Avenida Álvaro Domecq. FOTO: MANU GARCÍA.
El Papel de La Voz

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El grupo de moteros llega haciéndose notar. Son diez o doce y se plantan en la plaza del centro repleta de terrazas dando gas a las potentes máquinas que tienen exactamente entre las piernas. El recital, en principio, es bien recibido por el público que llena las mesas: hay quien imita a un director de orquesta siguiendo un ritmo que está en diez puños ajenos, hay también quien simula con el movimiento de la mano a la altura de la sien un momento ‘house’ vivido hace años, de esos de bailar con el sol ya alto golpeando en los ojos… Pasa como un minuto y los tipos siguen a los suyo, venga ruido. De hecho, están grabando la llegada –la entrada triunfal en Jerez, en términos cuasi bíblicos- para los coleguitas del barrio, de la peña, del trabajo… o de la comunidad de vecinos, que tanto da.

A la gente de las terrazas el tema ya le empieza a cansar. Hay gente que se lleva las manos a los oídos –más como gesto de disgusto que de necesidad, aunque molestar, molesta-, una o dos personas mueven el dedo índice en clave negativa e incluso hay quien silba para mostrar su desagrado como si hubiera enfrente un árbitro, añadiendo ruido al ruido. De repente el grupito decide que ya ha hecho suficiente gracia y tira hacia adelante, lo que hace que en el cerebro de este cronista –y probablemente en el de más de uno de los alrededores aunque la desconozca- aparezca en letras de neón una frase muy de su madre: “tanta paz lleves como la que dejas”.

La terraza trata de reponerse a base de una nueva ronda de cervezas y vinos cuando un minuto después llega otro grupito de moteros con ganas de seguir la fiesta: esta vez son solo tres personas en dos motos, dos moteros y motera-paquete (con perdón, que seguro que la chica vale mucho). Mientras la mayoría del personal decide pasar del tema, va una señora con aspecto de guiri y decide increpar al grupito de moteros, que muestra su incredulidad, entre otras cosas porque ellos mismos casi habían sido público durante la ‘actuación’ motera anterior. Cuando la señora, un poco pirada, la verdad, se acuerda de las madres de los tres en términos de una profesión milenaria nunca debidamente regulada, salvo en Holanda, deciden que mejor se van con el ruido a otra parte y que ahí se queda la loca esa… y el resto con su indiferencia, que vaya ambiente de Gran Premio. 

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