Autobuses, estacionados en la parada de Esteve, en una imagen de archivo. FOTO: MANU GARCÍA.
Autobuses, estacionados en la parada de Esteve, en una imagen de archivo. FOTO: MANU GARCÍA.

Como usuario (ocasional) de los autobuses urbanos debo decir que me he quedado alucinado ante el salto tecnológico que el Ayuntamiento está en disposición de implementar –lo siento, me apetecía usar el palabro- en el funcionamiento de este servicio a lo largo de 2019. Se trata de una app que, con un coste aproximado de medio millón de euros (tranquilos, que va a cargo de los fondos comunitarios Edusi), tendrá como principal objetivo la mejora de la calidad y la puntualidad del transporte público urbano. Casi nada. Los autobuses de Jerez están a punto de convertirse en un ciber servicio sin pasos intermedios. De la nada al todo. Yo personalmente no estoy de acuerdo.

Igual que por ejemplo Nueva York se resiste a introducir determinadas mejoras en su metro alegando que a estas alturas es más o menos ‘vintage’, que es lo que el turista quiere ver, creo que Jerez debería explorar más las posibilidades que ofrece ese camino, en lugar de abrazar alegremente las nuevas tecnologías sin medir las posibles consecuencias.

De seguir en su empeño las autoridades municipales (que lo harán, es año electoral), la empresa que vaya a desarrollar esta aplicación debe ser informada inmediatamente de determinadas prácticas, costumbres y/o particularismos de los jerezanos que son fundamentales para el correcto desarrollo de la aplicación, no vaya a ser que, en vez de avanzar, se pierda ese parámetro del 90 por ciento de puntualidad (espera… que me da) en que actualmente dicen que se mueve este servicio.

A ver, sin ánimo de ser prolijo, en Jerez hay que tener en cuenta situaciones como las que van a continuación y que se escapan, en principio, a las matemáticas: “Espereeee, shofeee”, proferido incluso de manera preventiva por señora mayor que llega de la plaza cargada con bolsas de pescado; “shofeee, que m’afiziooo”, emitido habitualmente entre mayo y octubre tras constatar un viajero la poca fuerza del aire acondicionado y momentos antes de abrir la ventanilla más próxima, para que definitivamente se pierda el poco aire frío del interior; “el sesenta y siete, el cerito cuatro”, grito de guerra con el que el cuponero recorre free style el pasillo del autobús a la caza de un último cliente; levantarse cuando el bus ya se ha detenido en la parada y bajar sin apremio, sin renunciar a despedirse educadamente de posibles amigos, conocidos o simplemente del viajero de al lado; por no hablar de las averías, el cigarrito del conductor, la charla del inspector y, por supuesto, los relevos en sitios insospechados. Ah, y el ‘tour’ por los centros comerciales del oeste: una cosa es acercar y otra repartir…

Realmente, si quieren que sea operativa, va a ser una app muy, muy compleja… y muy humana, desde luego, muy humana.

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