Clemencia: Vista general de parte de la exposición con el grupo escultórico de la Clemencia en primer término.
Clemencia: Vista general de parte de la exposición con el grupo escultórico de la Clemencia en primer término. ESTEBAN

Bueno, pues ya se acaba la Semana Santa más rara de la historia (de la historia cercana, claro). ¿O fue más rara aún la del año pasado con todo el mundo encerrado? Elijan. El Jueves Santo por la tarde pasé casualmente por la puerta de la Yedra y había una buena montada. Como debe ser. Cofrades, devotos y los que no lo son tanto han podido disfrutar de las imágenes en sus respectivos templos, aunque no tengo muy claro si eso –ver las imágenes, pero no en la calle, que es lo suyo- reconforta o, digamos, más bien cabrea. Elijan de nuevo.

Todos estos días he estado echando un vistazo a lo que publicaba la prensa de Jerez sobre la Semana Santa. No pude evitar que me hiciera varias veces gracia –entiéndaseme- que los periodistas expertos en el ramo frecuentemente acabaran por decir en sus crónicas del día que “solo faltó salir”. Claro. Al final se trata –se ha tratado- de crónicas sobre cosas que no ocurren, que no han ocurrido, al menos no exactamente. “Qué buena pinta tiene la paella… lástima que no teníamos arroz para echarle”. Pues eso. Pues poco más o menos. Leyendo esas crónicas, es inevitable ponerse un momento trascendente y pensar en cosas que a uno le han ocurrido –o más  bien no- a lo largo de su vida, en esas cosas que pudieron ser, que estaban listas para ser, que incluso habían empezado a ser y que al final, por los motivos que sea, nunca ocurrieron… Cosas, asuntos que en su día no tuvieron su correspondiente crónica en nuestras vidas, como las decisiones eternamente pospuestas, las equivocaciones, los errores, las decisiones que dejamos que otros tomaran por nosotros… y, por supuesto, como decía Santa Teresa y certeramente recogió Truman Capote en una de las novelas fallidas más famosas de la historia, por las Plegarias Atendidas. Ah, las plegarias atendidas, qué peligro. Todo ello conforma un espacio similar, una particular crónica de una no-Semana Santa y de una vida (que todos tenemos en la trastienda) que no-fue. Pero es cierto que al final siempre queda un poso de esperanza: el año que viene será, sí, el año que viene será…

Dejémoslo por ahora. Una de las principales características de Marca ACME es su vocación de tener una absoluta intrascendencia y nos estamos poniendo un pelín existencialistas. Ya saben que este cronista, tan ajeno al hecho religioso que por no ser no se define ni como ateo –“era tan sano que ni siquiera creía en Dios”, dice un personaje de Joseph Roth en la novela Hotel Savoy… ja, ja, ja- no tiene problema alguno en ‘dejarse caer’ por la Semana Santa de Jerez, siempre, eso sí, bajo la premisa de “un pazo, un vazo”, sentencia con la que es inevitable acordarse de antiguos compañeros de profesión, sobre todo de alguno que ya no está y que no solo decía sino que practicaba firmemente dicha frase. 

Bien… bajo el influjo de esta premisa estuve la semana pasada, debidamente acompañado, viendo la exposición cofrade de los Claustros de Santo Domingo –algo que, en buena lógica, ya saben las doscientas personas o así con las que en algún momento he tenido el placer de cruzar un whatsapp desde que existe la aplicación… ahí está la foto de mi perfil esta semana, al mando de un auténtico CC: Comando Cofrade- y la posterior visita amistosa a lo de los hermanos Pacheco, claro. Particularmente la exposición me pareció interesante y una manera oportuna de dar contenido a estos días. Pero lo que más me dio que pensar fue el futuro de dicha exposición: es curioso que por mucho que guste, todo el mundo está deseando que no tenga continuidad en el tiempo porque eso significaría que todos esos pasos, mantos, tallas, cruces… todos volverían en 2022 a tener el uso para el que fueron concebidos, que el año que viene habrá lo que entendemos como vida normal, con su Semana Santa… y su playa, por supuesto, que cada uno es muy libre…

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