Manifestación contra la guerra de Ucrania en Madrid. Artículo de opinión escrito por Juan Bouza titulado 'El precio de la equidistancia'.
Manifestación contra la guerra de Ucrania en Madrid. Artículo de opinión escrito por Juan Bouza titulado 'El precio de la equidistancia'.

“El mundo se derrumba y nosotros…” y nosotros comemos por ahí. Ya son varias las veces que el cronista usa en estas líneas dicha frase de la película Casablanca, en concreto de la escena en que Rick e Ilsa le dan duro al champán a la espera de la entrada de los nazis en París. La última fue durante la pandemia (aunque en esa ocasión en vez de comer nos fuimos directamente a beber) y tal vez, solo tal vez, haya llegado el momento de dejar atrás el mundialmente famoso Marca Acme y poner otro nombre a la sección, algo más acorde con los tiempos que vivimos: ‘El Mundo se derrumba’ parece una buena opción, por qué no…

“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos” es la cita exacta, tal y como habrá acertado la cinéfila lectora, el informado lector. Ay, qué romanticismo, qué carpe diem. Vaciar unas cuantas botellas de champán en compañía de la persona de la que te acabas de enamorar –¡y en París!-, a sabiendas de que la cosa está a punto de complicarse y de qué manera…

Rusia invade Ucrania, el PP implosiona (o así), Izal anuncia que se separan (ufff)… definitivamente “el mundo se derrumba y nosotros…”, nosotros estamos comiendo en un céntrico restaurante de Jerez un aceptable cocido madrileño acompañado por unas cuantas botellas de tinto de la tierra. Una reunión de amigos como otra cualquiera, que no tendría nada de particular si no fuera porque tuvo lugar un pequeño suceso que añadir a la sucesión de desgracias –bueno, no todas lo eran- a la que acabamos de referirnos… Era ya un poco tarde, quedaban pocas mesas comiendo, cuando de repente resuenan voces en el local. Un tipo, que acompaña sus gritos de contundentes manotazos en la barra, dice que su chuletón está malo y que no va a pagar. A ver, decirlo así no lo decía, eso es lo que se le entendía de una jerga en la mezclaba esas tres o cuatro palabras en español y una charla en un idioma que parecía ruso, pero qué sabemos… total, que el tipo, fuertote y alrededor de los cuarenta, dejó de dar voces, volvió a sentarse con su pareja y una chavala adolescente, continuó allí a lo suyo, y a los diez o quince minutos se piró, efectivamente sin acoquinar la preceptiva.

Lógicamente los cuatro amigos que compartíamos mesa, que no mantel porque no había (cosas de la hostelería actual, que se está cargando esta frase hecha), nos echamos unas risas y estuvimos bromeando con mandar a alguien –a uno de nosotros, se entiende- a dar unos cuantos manotazos y berridos a la barra para ver si también nos librábamos de pagar… nosotros somos así, siempre buscando el lado positivo de las cosas. Un rato después vino de una de las camareras, que sabíamos que era de un país del Este, y le preguntamos por el incidente. La chavala nos confirmó que el tipo era ruso –o hablaba en ruso- que las palabras que había largado en su idioma eran irreproducibles en horario infantil y que se sostiene poco que dijera que un producto no estaba en buen estado cuando solo había dejado el hueso, y con un brillo impresionante, al parecer. Bueno, hasta aquí, cosas que pasan, pero lo que nos resultó más chocante a los amigos fue que la camarera terminó de hablar con nosotros diciéndonos un inquietante “qué se le va a hacer, los rusos ya sabemos que son así”.

Claro, yo, la verdad, no sé cómo son los rusos, no he tratado con ellos más allá de que uno de mis amigos de toda la vida se emparejara con una rusa cuando ya cada uno (a él y a mí me refiero, claro) había tomado su propio camino, así que no cuenta mucho y, por supuesto, haber leído algo de Tolstoi, Dostoievski, Chejov o Bulgakov (a la sazón ucraniano, así que, ya me dirán). Mi profundización en la famosa alma rusa, tan de Tolstoi, ha sido más que nada literaria, así que no puedo saber si “son así” y qué significa exactamente ese “así”.

Tras esta constatación, aprovecho para recomendarles un libro. Llevo varias semanas –lo trufo con otras lecturas porque tiene su tamaño, es denso y duro por momentos- con el interesantísimo El fin del homo sovieticus, de Svetlana Aleksievich, que le valió el Nobel de Literatura en 2015, obra en la que analiza –desde el periodismo, dando voz a cientos de personas- el desmembramiento de la URSS, la caída del comunismo, el capitalismo de oligarcas y gángsters, el auge de nacionalismos de corte étnico, la pérdida del orgullo nacional ruso y el ascenso de Putin… asuntos todos que probablemente explican –aunque no justifiquen, cuidado- buena parte de lo que ocurre ahora en la zona.

No sabemos si aquellos gritos en el restaurante tienen algo que ver con todo esto o, como diría mi amigo ‘el’ Romero, el tipo ruso era simplemente “un boliza”. También, como en todo, hay una tercera vía, que me he guardado para el final: la camarera también nos dijo que los rusos no están acostumbrados a las carnes rojas, que son más de carnes blancas, así que lo mismo al final, es cierto que al hombre, gustarle el chuletón, pues no le gustó…  

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