Gofres de la ‘Pichería & Chochería' de Jerez.
Gofres de la ‘Pichería & Chochería' de Jerez.

En el centro de Jerez ha abierto un nuevo negocio y no es de corte hostelero, al menos no exactamente: ofrece cosas de comer pero evita el mítico montadito de palometa con queso (dos opciones: con y sin pimiento morrón). Se trata de una tienda de gofres —‘gofrería’ me da error en el corrector—, digamos, un tanto especiales, que traslada a la calle más portuguesa de Jerez una idea que tendría pleno sentido en el Barrio Rojo de Amsterdam, Pigalle en París o el Chino (versión histórica) de Barcelona. Se trata de ‘Pichería & Chochería’, que está haciendo furor no solo entre la chavalería, sino también entre algunos talluditos en busca de alicientes en la post pandemia.

Después de tanta charla, en realidad no hay mucho que explicar: los gofres que se venden rinden honores a tan explícito nombre, ‘Pichería & Chochería’, en un plano estrictamente formal; son ad hoc. Se trata, ya digo, de una idea ahora mismo exitosa, lo que no evita que se puedan realizar distintas reflexiones sobre su presente y futuro, dejando claro que este cronista está, por supuesto, a favor de la idea, de su ejecución y, llegado el caso, de su expansión.

En primer lugar, no obstante, habría que decir que me parece un error poner por delante en el nombre del negocio los atributos históricamente, digamos, masculinos. Entiendo que empezar por ‘pichería’ lleva implícita una serie de reminiscencias fonéticas positivas hacia los restaurantes especializados en la apreciada vianda italiana; sin embargo, ‘chochería’ tiene algo como de nuevo comercio de ‘chuches’, de pasar de las ‘chuches’ a las ‘choches’, no sé… un punto literario sobre el ciclo de la vida, sin duda, algo que alcanza tanto al Tadzio de ‘La muerte en Venecia’ como a la Lolita de… pues de ‘Lolita’. Además, anteponer lo históricamente –digamos- femenino, solo puede acarrear beneficios: siempre es mejor contar con el beneplácito de algún observatorio, instituto o similar por lo que pueda pasar.

No sé si en los planes de expansión nacional, que a buen seguro tiene esta empresa de raíz levantina, la razón comercial ‘Pichería & Chochería’ se va a mantener. Es una decisión delicada… si el director de marketing me acepta el consejo, yo le diría que sí, que deberían mantenerse ambas palabras en dicha expansión, ya que, aunque muy ligadas a Andalucía, ‘picha’ y ‘chocho’ son absolutamente reconocibles en todas partes y son palabras que penetran en la clientela con más suavidad –hablo estrictamente de su sonido, eh- que tal vez otros términos con los que comparten protagonismo en otras comunidades autónomas. Por poner un par de ejemplos que conozco bien… ¿Sería admisible ‘Pollería & Coñería’ en Madrid? Me temo que no –aunque leo en internet que en Chueca hay una de estas particulares ‘pollerías’—, que ese cruce entre puesto de mercado y cuasi fontanería suena definitivamente ‘hardcore’ a la hora de vender gofres. Ahora, que para vender otras cosas, si se amplía el portafolio del negocio, ahí ya… ¿Y qué me dicen del gallego ‘Carallería & Conería’? Este suena bastante mejor, a partir de ‘carallo’ y ‘cona’… además siempre está bien anteponer lo gallego en Galicia para contar con el beneplácito de algún observatorio, instituto o similar, por lo que pueda pasar. No voy a seguir por este carril tan prosaico porque es que no se acaba: imagínense el juego que dan ‘chumino’, ‘potorro’, ‘cipote’, ‘pinga’ (hay que pensar en el mercado latino), el valenciano ‘figa’ o ‘la rata’, término al que le tengo personalmente mucho cariño porque lo usaba la madre de un amigo mío de toda la vida: evidentemente eran unos tiempos mucho más mullidos y ensortijados para dicha zona corporal que los actuales, aunque últimamente muchas actrices de Hollywood tratan de recuperar -de volver a lucir orgullosas, en definitiva- su ‘rata’ en las piscinas de sus mansiones…

A estas alturas debo confesar que, una vez más, estoy escribiendo un artículo sobre un tema del que no tengo ni idea, la verdad. No he comido ninguna de esas pichas, ninguno de esos chochos. No por ningún tipo de pudor, por supuesto, sino por una razón de mucho más peso: simplemente no soy muy de gofres. Y menos de esperar colas para hacerlo. Eso sí, cuento con una buena fuente informativa. El otro día apareció una amiga confesando que no le satisfacía la tal picha. El gofre en forma de la tal picha, quiero decir, aunque el matiz lo pone el cronista. “¿Y por qué?”, le pregunté a mi amiga, siempre periodista incisivo, a punto de sacar el boli y la libreta. “Pues porque es un poco pequeña”, fue su respuesta. A partir de ahí me quedé sin argumentos: nada de unas risas, nada de si el chocolate aporta tal o cual sensación, que si un crujidito por aquí al morder o… Nada. Que la encontraba pequeña. Al final, la queja de siempre. Le dije que el problema es que ella, que es socialista y feminista, pero a lo clásico —nada de teoría queer y cosas de esas modernas—, anda últimamente un poco rebelada con lo de la denominada ‘Ley Trans’. “Es que en el fondo tú eres muy binaria”, le dije casi a modo de insulto ante su decepción fálico-repostera… “Pero esto se arregla rápido”, le dije con total autosuficiencia. “¿Cómo?”, saltó rápidamente, dándole vueltas todavía, con toda seguridad, a lo de la ‘Ley Trans’. “Pues pidiendo que hagan una talla XL, que podría llamarse Rocco Siffredi”, sugerí, con la sonrisa a punto de dejar paso ya a la carcajada…

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