Un mujer pasea, en días pasados, por la Porvera, en Jerez. FOTO: MANU GARCÍA
Un mujer pasea, en días pasados, por la Porvera, en Jerez. FOTO: MANU GARCÍA

El centro de Jerez, el sitio en el que vivo, a veces resulta extraño. Hay días en que casi es un no lugar (caso de los domingos de agosto a mediodía, en que es difícil cruzarse con alguien). En general, se puede decir que es un sitio bonito, casi agradable, pese a que de vez en cuando los políticos se empeñan en saber lo que le conviene a los vecinos y comerciantes y se dedican, por ejemplo, a destrozar apacibles plazas para poner pistas de baile (o algo así) que nadie muy bien quién ha pedido. Pero eso no ocurre siempre.

En los últimos años, el centro de Jerez se ha ido convirtiendo en un gran bar. Bares y restaurantes de dispar calidad y oferta florecen por doquier -se ve que la gente tiene mucha sed, en principio de la de beber, pero puede que también de justicia o incluso de mal-, aunque solo se llenan los fines de semana (el que llena, y más en estos tiempos) o con la llegada en sus respectivas fechas con los groupies de la Semana Santa o la Zambomba navideña. ¿Es ese el modelo que los distintos gobiernos municipales que se han venido sucediendo -éste no es un problema solo del actual, claro- han elegido para el centro? Pues seguramente no. De hecho, es más bien al revés, es simplemente el modelo lo, es decir, lo que ha ido surgiendo precisamente por la inexistencia de un modelo que haya pervivido en el tiempo, más allá de pomposos titulares de prensa anunciando planes y proyectos (algunos con importantes gastos, como la Ciudad del Flamenco) que al final han quedado en nada. El problema de fondo es que salvo esos aluviones de fin de semana o de eventos la gente no acude al centro y como en el centro de Jerez sencillamente no hay gente residiendo, eso hace que el comercio, no solo el tradicional, sino también el multinacional, se resienta: ahí está el anuncio de Zara de marcharse ni más ni menos que de la Rotonda de los Casinos, la mejor esquina de la ciudad. Y es que el del centro de Jerez es un problema en el que lo social y lo económico van entrelazados, sin duda.

En definitiva, somos pocos –que no cobardes, eso sí- los que vivimos, trabajamos y/o salimos por el centro y eso se nota especialmente estos días en que hay pocos turistas, que la ciudad no repite debido a la Covid-19 su exitosa experiencia de unos años a esta parte como segunda línea de playa en verano. Hace unos años este cronista firmó un MARCA ACME en el que decía que al centro de Jerez, visto lo visto, no le vendría mal un poco de gentrificación, un artículo que no fue bien recibido por todos mis convecinos. Bien, dos o tres años después, volvería a firmar esa declaración. ¿Qué no daríamos por ver a los vecinos tradicionales, muchos ya mayores, otros emigrantes, compartiendo espacio con simpáticos y educados hípsters yendo a sus tiendas veganas, salones de catas (de aceites, de palo cortado) o barberías especializadas? ¿Que subiría el precio del alquiler? Pues es posible, claro, pero es que la primera respuesta que me viene a la cabeza es otra pregunta: “¿pero de qué alquileres hablamos, si aquí…?”. Miren, el mes pasado estuve un par de días en el gaditano barrio de La Viña y vi un barrio vivo –que tendrá sus problemas, seguro- pero en el que está claro que esos vecinos de siempre están compartiendo espacio con treintañeros que sencillamente han elegido vivir ahí, al menos en este momento de su existencia, y que el barrio rebosa vida. ¿Cuánto tiempo hace que no hay elección real de vivir en el centro de Jerez? Ahí lo dejo…

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído