Leo un artículo sobre lo que significa la Semana Santa en Zamora. No tengo ningún vínculo personal con Zamora, aunque mis abuelos paternos eran de (relativamente) cerca, de Medina del Campo, en Valladolid, es solo porque me ha salido en el Discover, y este cronista piensa que, si Discover ‘piensa’ que ese artículo puede ser de su interés, tendrá sus poderosas razones.
Total, que me leo el artículo sobre la Semana Santa en Zamora que, en efecto, no deja de tener su interés. Zamora, que tiene poco más de 60.000 habitantes, tiene unos 40.000 cofrades, como lo oyen. Por supuesto, hay zamoranos-as que son o salen, en varias cofradías –no sé yo este tema, tendré que hablarlo con mis amigos cofrades: personalmente soy de los que piensa que solo se puede ser de un equipo de fútbol, de unos colores, y aquí veo cierto parecido, no me gusta esa gente que es del Real Madrid, del Betis, del Xerez (a elegir)… me parecen ventajistas– y luego, estos días hay un gran retorno a la ciudad de gente que vive y trabaja fuera, en Madrid, Cataluña o incluso la citada Valladolid, gente que no ha perdido la tradición de salir en una hermandad, al contrario, se podría decir que casi vuelve aposta.
No obstante, la cifra es de una magnitud impresionante, es algo así como si en Jerez, que tiene entre el triple y cuádruple de habitantes, salieran unas 140.000 personas. ¿Se imaginan? No quiero llevar el ejemplo a Sevilla… ¿qué sería, medio millón de personas? Total, esto de las cifras, qué es mucho, qué es poco, es siempre relativo.
Pero volvamos a Jerez, una ciudad que tiene un centro histórico relativamente pequeño para su tamaño, incluso contando con sus arrabales… ¿cómo podría organizarse esa multitud? Es evidente que, ahora sí, estaríamos ante un problema. Es verdad que los vecinos del centro no se quejan del tema procesiones, algo de toda la vida, como si lo hacen de las zambombas e incluso de las zambombás, pero sería un tema imposible… y estamos hablando solo de cómo se organizarían los desfiles, sin tener en cuenta al público.
En cualquier caso, estos días de (cierto) asueto dan para mucho. Sergio del Molino, columnista habitual de El País (aunque no estoy seguro de haberlo leído en dicho medio) y autor del célebre ensayo ‘La España vacía’, del que viene aquello de la “España vaciada” como nombre global para referirse al despoblamiento de determinadas zonas de España, entre ellas, claro está Zamora, por ejemplo, hacía un llamamiento a que se tuviera en cuenta la ocupación del espacio urbano por parte de las cofradías estos días, de tal forma que también se ceda su uso cuando lo soliciten otras confesiones.
No puedo estar más en desacuerdo. En primer lugar, el fenómeno cofrade, en evidente expansión, no vamos a negar la evidencia, no es identificable al 100% con la Iglesia católica. Hay mucha gente que sale por tradición o incluso como reto personal y no por fervor religioso.
Este cronista, ya lo ha dicho en alguna ocasión, por no ser no es ni ateo, prefiere vivir completamente al margen del hecho religioso, cosa que no hace el ateo. A Dios ya lo mataron los anarquistas en el siglo XIX –y lo remató un poco después Nietzsche– como para que ahora, entre el uso de los cofrades a los que dan barra libre todos los ayuntamientos de España, no vaya a ser que se enfaden y le cuesten votos a los que ostentan el poder, haya que tener a Dios otra vez hasta en la sopa en nombre de la multiculturalidad o cualquier cosa-ocurrencia de los guais. Déjense las tradiciones, debidamente embridadas, y el que crea en Dios, sea cual sea su manera de acercarse, tiene sitios de sobra para hacerlo porque las calles y plazas de las ciudades son de todos… y no son de nadie. Si acaso de los niños (y niñas, claro), dando patadas a una pelota...
