Dalma Maradona, de niña, con su padre.
Dalma Maradona, de niña, con su padre.

Ni me gusta el fútbol ni me interesa, excepto estos últimos días que me he empapado varios documentales sobre la vida y obra de Maradona. Nunca he entendido cómo este deporte rey puede levantar tantas pasiones y cómo la muchedumbre eufórica es capaz de desgañitarse ante un toque de balón. Sin embargo, ahora parece que lo entiendo mejor, más que nada por la curiosidad, la fascinación o incluso la rabia que puede provocar un personaje que lo ha dado todo y que se esfumó en loor de multitudes pero quizá solo y pidiendo ayuda. Pero, sobre todo, he aprendido que del mito, del héroe al villano, hay una delgada línea que cruzar y qué tan sólo pone en evidencia la vulnerabilidad del ser humano. 

Maradona es el ejemplo de alguien que lo tuvo todo y nada. Tuvo fama, dinero y poder, pero murió solo, víctima implacable de una vida de excesos y desenfreno, como le han ocurrido a otros muchos mitos del cine, la música y que no supieron digerir ese caudal de éxito, de fama, de alabanzas del que probablemente se han aprovechado muchos de los que le rodeaban, muchos de aquellos amigos a los que solo les interesa el brillo que aporta el dinero y que hace grandes a seres insulsos, acomplejados y pequeños.

Maradona fue un grande del fútbol y dicen que una persona generosa que se rodeó de gente ingrata que puede que lo guiaran por caminos oscuros. Y esas borracheras de fama nunca las superó y le acompañaron hasta el final de sus días cuando el héroe, el Dios —como le llaman en su querida Argentina— bajó al más profundo de los infiernos.

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