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Su nombre es y será Malica..., como también sé que desde que nació al borde de la frontera ha estado espantando sus peores designios a base de casta andalusí y esa media sonrisa que dibujan las moras con los ojos.

Ella no es de hablar como hacen las mujeres de aquí..., aunque como las nuestras -como tú y como mi madre– trabaja de sol a su media luna porque dice que así vale la pena morir..., sin nada que echarse en cara cuando su Dios la requiera porque, eso sí, religiosa es como ninguna..., pero no con esos votos caducos de marzo o de jolgorio santón de verano que aquí gastamos sino de esas devociones que lastiman -de cierto modo envidiables– que sólo son aceptadas por aquellas personas que la quieren profundamente..., ya que no basta con conocerla para llegar a entender su devoción.

Y es así porque en nuestra tierra -al menos en nuestra Andalucía– la religión va adornada con el traje típico de lunares y bendecida por vino fino; porque aquí la religión tiene tanto de cachondeo como de místico..., y todo porque nuestro adiós no supone nunca una verdadera despedida ni nuestros “Dios te bendiga” bendicen a los que nos encontramos, porque nuestro “ojalá” no obligan a ningún Dios pasajero ni nuestro “gracias a Dios” nos resta mérito alguno.

En nuestro Presente más inmediato no manda ningún Dios; aquí impera la ley de lo relativo en el propio desastre y la del azar y lo fortuito en la envidiada fortuna ajena; la del golpe de suerte divino para el desconocido y el “Dios dirá” para allanar la más profunda de nuestras dudas.

Y eso siempre lo supo Malica desde el primer día que la acogieron en España..., hace ya más de 30 años: aquí nada es lo que parece porque sabemos que nada es.

Tendrá un mañana en el paraíso aquel que crea y quiera tenerlo; mandaremos al infierno a nuestro vecino al tiempo que lo convidaremos a pasar la Nochebuena con nosotros hasta que llegue el jamón del bueno; cargaremos la cruz más pesada de nuestra cofradía como cargaremos de cuernos a nuestros esposas y esposos sin miedo a que ningún Dios nos castigue por hacerlo; porque los más listos saben que un día fueron los más tontos como un día los creyentes dejamos de serlo por un rayo divino de mala suerte.

Malica -mora de nacimiento y alma– ha sabido convivir con esta tormentosa carga espiritual porque le ha dado la posibilidad de alimentar a su familia y a sus propias carnes..., e incluso a su espíritu porque con el tiempo aprendió que una mesa llena de vinos y de carnes puede llegar a ser igual de sagrada que su tabla llena de higos y dátiles..., porque sabe que todo está en el ánimo de las personas y no en lo que lleven colgando del cuello.

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