¡Maldito seas, Pablo Casado!

Raúl Solís

Raúl Solís

Periodista, europeísta, andalucista, de Mérida, con clase y el hijo de La Lola. Independiente, que no imparcial.

Fallece por coronavirus una joven andaluza embarazada.
Fallece por coronavirus una joven andaluza embarazada.

Tengo 37 años recién cumplidos. Nací en 1982, en marzo, unos meses antes de que ganara Felipe González las elecciones con las que se cerró la Transición. Nací en un país que se abría a Europa y a la modernidad. Fui el primer hijo de mi madre -que tuvo a seis criaturas- en nacer en el hospital. Antes, las mujeres parían en casa con la ayuda de una comadrona. Nací en el hospital porque mi madre rechazó la oferta de una matrona que le ofreció parir en casa para que me entregara "tapado en una toalla" para una familia de posibles. 

No sabemos qué familia era, pero mi madre tiene marcado a fuego el ofrecimiento que le hizo aquella matrona que se dedicaba a asistir partos por las casas y que tenía relaciones con las familias pudientes de mi pueblo. Tengo grabado como si fuera una letanía cómo mi madre me relataba aquel hecho. Y la cara que ponía de impotencia, de pena y de rabia. “¿Cómo voy a entregar yo a mi niño. Si yo no lo pudiera mantener, se lo daría a mis primas, pero cómo voy a entregar yo a mi niño?”, le decía a la matrona.

Antes de 1982, en otros hospitales eran menos delicados y directamente robaban los hijos de las mujeres pobres que acudían a las clínicas a parir. En 1961 le robaron su primer hijo a Manolita, una mujer octogenaria que se ha hecho las pruebas de ADN y que ha denunciado sin éxito el robo de su bebé en el Hospital García Morato de Sevilla, actual Hospital Virgen del Rocío. 

A Manolita no le dio tiempo ni besar a su niño, que nada más salir de sus entrañas se lo llevaron a una sala para al rato regresar al paritorio una enfermera y espetarle, todavía con los dolores del parto a cielo abierto, que su criatura había muerto. “¿Cómo va a ser eso, si mi niño ha nacido llorando y estaba rojito y precioso?”, le comentó Manolita a la enfermera, sin que ésta dijera nada más. 

El niño fue enterrado y la funeraria le dijo al marido de Manolita que no abriera la caja porque se quedaría toda la vida con un recuerdo negativo e imborrable en la memoria. Los supuestos restos del bebé fueron introducidos en un nicho, de donde fueron sacados al cabo de los años y echados a un osario. Nada se sabe ya de los restos de aquel bebé.

El único pecado de Manolita era ser pobre, analfabeta, víctima de la dictadura franquista, de la España que perdió la guerra y que fue condenada a torturas, humillaciones y paseos de castigo por las calles del pueblo. Manolita tuvo hasta que huir de su pueblo para evitar el señalamiento de ser hija de los perdedores de la guerra civil. Por quitarle, a Manolita le incautaron hasta la casa familiar de donde se llevaron a su abuelo para fusilarlo en las tapias del cementerio. 

Manolita o mi madre entonces eran para la derecha cerril, inhumana y falta de escrúpulos, que odia a las mujeres pobres por encima de todas las cosas, lo que hoy son las mujeres migrantes. La nada, escoria, basura, úteros andantes, mano de obra barata, putas, animales de carga... Mi madre y todas las Manolitas de la época, analfabetas, con las manos ajadas de trabajar y las cervicales doloridas de tanto agachar la cabeza al paso de los señoritos a los que les limpiaban los suelos de rodilla, recibían peor trato que los perros de caza con los que se iba de montería aquella España odiosa de chulos a caballo a la que Pablo Casado nos quiere devolver.

La característica principal del fascismo es la deshumanización del grupo social que se considera inferior. El PP, con su propuesta de darle papeles a las mujeres migrantes que den a sus hijos en adopción, ha cruzado todas las líneas y ha abrazado sin complejos el fascismo. No es que a Pablo Casado se le haya ocurrido por generación espontánea esta propuesta inhumana y llena de crueldad, es que forma parte de su herencia ideológica.

La propuesta responde a la línea sucesoria de esta derecha extrema que procesiona bajo palio pero a la que le queda muy lejos el cristianismo. Pablo Casado no es más que el hijo y el nieto político de aquella España inmunda que robaba bebés o que le preguntó a mi madre si quería dar a su hijo. “Yo te lo tapo en una toalla en cuanto nazca y tú ni lo ves, Lola”, le dijo aquella matrona sádica a mi madre, quien me rememoraba el pasaje con la mirada perdida e indefensa.

Deberíamos dejar ya de usar eufemismos para referirnos a este PP que ha convertido en moderado a Manuel Fraga y Mariano Rajoy. No son cristianos, ni católicos, ni ultras, ni extremistas. Pablo Casado es, con todas las letras, un fascista, porque la principal característica del fascismo es la deshumanización del grupo social al que consideran inferior, que ahora y siempre han sido las mujeres pobres. ¡Maldito seas, Pablo Casado!

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