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No son pocos los que aprovechan esta noche estival para escribir en un papel aquello que desean dejar atrás y observar cómo las llamas consumen la peor versión de uno mismo.

Fuego, agua y vegetación. Esos son los tres elementos principales de la noche de San Juan. La festividad que celebraremos hoy tiene mucho de pagana y otro tanto de cristiana; es, como la vida misma, una suerte de elementos que se mezclan por azar a la espera de algo mejor. Resulta que, según narró San Lucas en su evangelio, el padre de Juan el Bautista recobró milagrosamente la voz el día del nacimiento de su hijo, por lo que, henchido de alegría —y con el espíritu rebosante de gozo, que diría un catequista de lo más entusiasta—, encendió hogueras para anunciar a sus parientes y amigos la feliz noticia. Siglos más tarde, esta fiesta se cristianizó y la noche del 23 al 24 de junio se convirtió en una ocasión sagrada sin perder esa aura de magia y paganismo que poseía desde tiempos ancestrales. Por eso hay que quemar cosas, para buscar en el fuego la purificación de la propia suerte y la marcha de lo negativo. Del maleficio. No son pocos los que aprovechan esta noche estival para escribir en un papel aquello que desean dejar atrás y observar cómo las llamas consumen la peor versión de uno mismo. ¿Podrán la hoguera calcinar una mala experiencia, una relación tortuosa, una hipoteca creciente? Mañana probablemente y con luz del día —esa bofetada inmisericorde que nos devuelve a la crudeza del café de sobre— lo averiguaremos.

Si se cree que las cenizas de los fuegos nocturnos de San Juan albergan poderes curativos, no menos se piensa de las hierbas recolectadas esta noche. Desde tiempos inmemoriales, ha sido costumbre salir por San Juan al caer las doce a recoger matas de romero y tomillo para confeccionar remedios caseros. Esta noche, en la que todo es magia en derredor, parece dotar de más vida al reino vegetal, como si una suerte de éxtasis lo recorriera de tallo a raíz. Y si pueden combatirse con estas hojas los hongos, el dolor de cabeza o la indigestión… ¿habrá también un ungüento contra el mal de alma? ¿Podrán el tomillo o la propia hierba de San Juan reparar hoy los pedazos de un corazón malherido? Tendremos que volver a buscar respuestas al evangelio de San Lucas pero mucho me temo que no abordará esta problemática profana. Ellos andaban demasiado ocupados con sus epidemias, sus purgas y sus pogromos. No serán pocos los que esta noche tratarán de olvidar a alguien, los que escribirán su nombre en el trozo de papel y luego verán su rostro entre las llamas. Los que desearán tomar cualquier pócima —cuanto más alcohólica mejor— para concederse el privilegio de no recordar, de no añorar, de no sentir.

Con el fin de encontrar pareja o de engendrar nueva vida, los hay que acudirán hoy al tercer elemento mágico de la noche: el agua. Bañarse desnudos en el mar o en el rocío de los campos también forma parte de las tradiciones de San Juan; no en vano, el homenajeado se dedicaba al gremio del remojado capilar antes que los mismos peluqueros. La purificación vía oleaje también se estima muy apropiada para esta fecha. Es otro de los motivos de que las ciudades de costa sean las que celebran con mayor efusividad la noche que usted y yo, amigo lector, tenemos más próxima. También el amante lastimado aspira a que la marea se lleve su rabia y su hastío. ¿Cuántas veces no habremos soñado con meternos en el mar —o en la ducha, sin tantas pretensiones— y salir de allí con menos preocupaciones a la espalda? En estos casos, como en tantos otros, la confianza alberga un poder mayor al de la mística de los fuegos fatuos, las plantas milagrosas o las aguas purificantes. Creer es poder, que dijo algún telepredicador. A por la noche, que es breve y cobarde.

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