Madre Tierra

Sebastián Chilla.

Sebastián Chilla

Graduado en Historia por la Universidad de Sevilla. En la actualidad, curso Antropología Social y Cultural por la UNED y el Máster de Profesorado en la Universidad de Granada. Cuento historias y junto letras en lavozdelsur.es desde 2015. 

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Las palabras se las lleva el viento y nuestra Madre Tierra no puede esperar más. Las intensas negociaciones que se han llevado a cabo en la Cumbre del Clima de París durante estas semanas no han dado respuesta a los propósitos que desde los sectores más sensibilizados con el medio ambiente reivindicamos. La mera exigencia de una rápida protección de lo que es patrimonio de todos y todas no tendría por qué ser motivo de un largo debate año tras año sino que debería plasmarse en hechos y soluciones viables.

Los acuerdos de la COP21 han servido para que casi todos los países del planeta se comprometan a que la temperatura global no aumente más de dos grados de aquí a finales de siglo, si bien dicen que el objetivo fundamental es que no sobrepase el grado y medio. Desde los círculos más escépticos, en los que me encuentro, no creemos que estas limitaciones supongan un compromiso real de todos los países para reducir sus emisiones de gases invernadero y proceder al abandono de los combustibles fósiles de aquí a 2050. La responsabilidad en el cumplimiento de las exigencias del tratado corresponden a los países que se ofrecen voluntariamente a aumentar sus compromisos y, ¿no es, al fin y al cabo, una quimera?

La convención Marco de las Naciones Unidades sobre el Cambio Climático fue adoptada en 1992 y desde entonces se han sucedido veinte y una cumbres en las que se ha hablado mucho y se ha hecho bien poco. Una de las más famosas fue la de 1997 en Japón, de la que salió el conocido Protocolo de Kioto, un acuerdo global que no contó con la ratificación de países como Estados Unidos y que, de una forma u otra, cayó en saco roto. Uno de los reproches que se le hacía a Kioto era precisamente relegar las limitaciones de emisiones a los países y no llegar a un acuerdo de carácter global. Pero, ¿no podemos estar ante un nuevo Kioto si no se llevan a cabo unos mecanismos eficientes para el control de los compromisos, bien sean nacionales o globales? A esta denuncia pública le faltaría abordar, además del cambio climático, otros temas medioambientales que parecen dejarse a un lado en el debate internacional.

Más allá de números, estadísticas y discursos ante la opinión pública, el problema de raíz es la dinámica sobre la que nos sustentamos, ¿cómo podemos hablar de sostenibilidad inmersos en un sistema económico, donde la producción y el consumo se constituyen como pilares del progreso? A este respecto la dinámica expansionista que caracteriza al capitalismo se ha visto maquillada en algunos sectores de la ecología política por lo que llaman 'capitalismo verde', una corriente que no cuestiona la lógica del crecimiento capitalista y que se suma a ella para traspasarla a un ámbito ecológico. Un camino lleno de contradicciones que puede crear conciencia ecológica en Occidente pero que, en realidad, al no cuestionar el sistema, sólo traslada los mayores problemas medioambientales del primer al tercer mundo. De esta forma, los procesos de producción altamente contaminantes que en el pasado se llevaban a cabo en los países desarrollados hoy, sin remedio, tienen lugar en los países en vías de desarrollo. Y la globalización no hace sino establecer unas nuevas relaciones de comercio internacional en perjuicio una vez más del medio ambiente, sin dar tampoco solución a los problemas socioeconómicos que nos abordan. En esa línea, podemos observar cómo nuestra sociedad europea posindustrial no ha incrementado sus emisiones en las últimas décadas en comparación con el exponencial aumento de las de gigantes como India o China.

Mientras, os escribo y vosotros me leéis, seguramente, desde un equipo hecho en el gigante asiático. Es la paradoja de la globalización en la que nos vemos inmersos, nosotros seguimos consumiendo pero nos lavamos las manos ante la dinámica de producción. Pero al primer mundo parece que ni le importa ni le basta con eso, ya que además culpan a estas grandes potencias en vías de desarrollo de no comprometerse con el medio ambiente, cuando el Viejo Continente y Norteamérica llevan desde la Revolución Industrial creando el caldo de cultivo que hoy padecemos. ¡De aquellos fangos, estos lodos! Estas potencias están usando las cartas de vuestro juego capitalista en pos de una mayor rentabilidad y competitividad, ¿qué esperábais?

Es por ello que, en mi opinión, la única alternativa para frenar la destrucción de nuestro planeta es el ecosocialismo en clave internacionalista. El objetivo que debemos afrontar a largo plazo debe ir más allá de promesas institucionales. Nuestro reto es ambicioso, tenemos que tomar conciencia ecológica, sostenible y consecuente ante la forma de proceder de este sistema perverso en el que nos encontramos. El camino para desmantelar este huracán de peligrosos vínculos globales debe pasar por el fomento de la educación ambiental en cada uno de los hábitos cotidianos, la planificación de un comercio ecológico, local y regional, y el rechazo a la lógica capitalista. Sólo juntos podemos dar la vuelta a una situación insostenible para las generaciones futuras. Tenemos que ejercer presión para que nuestros gobiernos fomenten la investigación y el desarrollo para, por ejemplo, sustituir nuestro sector energético por uno totalmente renovable. ¡Pero que no quede ahí! Que a estos compromisos, que si ya son complicados de cumplir, se les sume una presión global y una rebeldía diaria a los patrones que rigen nuestro sistema. La revolución social y ecológica sólo puede comenzar si cada uno de nosotros, ciudadanos y ciudadanas del mundo, contribuimos con nuestro grano de arena. Mientras, seguiremos alimentando a un monstruo que devora todo a su paso. 

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