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-“Traiga otra ronda de gin tonic, por favor”, dijo la alcaldesa al camarero, sin levantar apenas la vista, aparentemente concentrada en la conversación que mantenía con el resto de comensales, analizando las dos o tres servilletas que había sobre la mesa y lo que quedaba de su bebida: un poco de limón y tres cubitos de hielo casi derretidos.

Hacía poco que era alcaldesa de la ciudad, apenas unas semanas. Estaba en una de esas comidas de los políticos con los periodistas que las dos partes llaman eufemísticamente ‘toma de contacto’ y que en realidad es solo una excusa, como cualquier otra, para comer fuera de casa y beber una copita más de lo habitual. El lugar elegido era un bar de barrio que habitualmente tiene muy buen pescaíto y algo de marisco. Como ese día. Tras comer y beber bien, la conversación giraba sobre la política local, sobre la nacional… una charla distendida, sin ninguna trascendencia, en la que las risas y los chascarrillos en realidad tenían tanta importancia como el contenido. El resultado electoral de las municipales había sido muy ajustado, casi caprichoso y, aunque su partido quedó tercero, un pacto de gobierno de última hora la había aupado a la alcaldía por un período que, en principio, iba a ser de dos años. Ella no quería, pero el partido sí, y claro, al final, lo que dice el partido... Ese día estaba almorzando con tres periodistas ya con la pequeña experiencia que le aportaba el puesto, el baño de realidad que supone mandar en vez de estar en la oposición. “Esto se puede hacer…”, “esto no…”, “con los socios bien, por ahora, veremos…”.

“¿Pero, oye, y los gin tonics?”, dijo de repente, como volviendo a la realidad, buscando con la vista al camarero. El tipo, que la oyó perfectamente, acudió de inmediato a la mesa, pero sin las bebidas. Con un simple gestó de cabeza –una elevación de mandíbula de unos 15 grados-, mientras clavaba la vista en el reloj de la pared, hizo que toda la mesa siguiera su enérgico gesto y se fijará en esa hora empotrada.

-Son casi las cinco y media, señora. Ya sé que usted es la alcaldesa, pero a esta hora nosotros…

-Pero si es otra copa, no tardamos nada…

-… Nosotros dejamos de servir a eso de las cinco. Y ya vamos tarde. Esto tendría que estar cerrado hacer un buen rato. Ustedes se han tomado su copa a gusto y nosotros hemos esperado a que se la acaben. ¿Ahora me piden otra? No puede ser…

-Pero, de verdad, es un…

-No. Imposible. Buenas tardes.

El camarero zanjó el asunto dándose la vuelta, invitando a la concurrencia –era la única mesa que quedaba, en honor a la verdad- a pagar e irse.

-Bueno, pues lo que os decía es que queremos que Jerez se convierta en una ciudad que…

Dos de los tres periodistas de la reunión intercambiaron rápidas sonrisas de esas ‘de mirada’ en lo que se levantaban de sus sillas. Clientes habituales, sabían perfectamente cómo eran las cosas en ese bar. Estaba claro quién mandaba allí…



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