Bandera republicana en un acto reciente en la reanudación de los trabajos en las fosas de Jimena. FOTO: MANU GARCíA
Bandera republicana en un acto reciente en la reanudación de los trabajos en las fosas de Jimena. FOTO: MANU GARCíA

Al calor de los escándalos reales, se está generando una nueva ola de opinadores que tratan de acallar las voces críticas con nuevos argumentos que son los de siempre o, si hace al caso, con algún retoque.

Esta defensa de la monarquía va por círculos concéntricos desde los que nos imponen la sumisión burda a quienes se expresan su temor a que un cambio produzca consecuencias no previstas.

Los de siempre, nostálgicos del aguilucho en la bandera, tocan a rebato en defensa de la corona y del derecho personal a hacer su real voluntad ante la que todos los demás debemos callar como súbditos, porque así es el orden de las cosas.

Luego tenemos a quienes argumentan que hay que separar a la “persona real” de la “corona como institución”. Separar la persona de la corona podría tratarse de una expresión un tanto desafortunada si se la toma literalmente, pero es que en una institución hereditaria la corona es la persona que tiene y hereda, no hay otra forma de mirarlo.

Finalmente están personas que se han incorporado a la defensa del status quo de la monarquía parlamentaria y que, en otros temas, han mostrado una mayor sensibilidad social y democrática.  Expresan preocupaciones que podemos compartir o no, pero sus conclusiones suelen reducirse a un paralizante: Dejemos las cosas como están porque tocar la corona es tocar la Constitución y si abrimos la Constitución pueden entrar monstruos.

¿Se puede tocar la Constitución? Pero la Constitución ya estaba tocada.

El problema es que se les olvida que los monstruos ya están dentro, que nunca se fueron y que no solo han ido creciendo dentro de la casa, sino que, al margen de quien tenga la titularidad democrática del gobierno, se han hecho fuertes en las instituciones que interpretan las normas y representan el poder real para administrar la vida y la convivencia, se han erigido en dueños de la Constitución. El caso es que toquemos o no la Constitución, el esfuerzo de combatir a los monstruos en la práctica es el mismo.

¿No es el momento?

Otra preocupación que expresan es que no es el momento, que estamos ante una crisis sin precedentes que, partiendo de lo sanitario, se extiende a la economía y a lo social y lo institucional. Nadie va a negar la realidad de la crisis, a todas nos importa como resolvamos esta situación con las menores distracciones posibles. Perdón, a todos no; A la casa real y sus serviles parece no importarles lo más mínimo seguir escandalizando con su conducta y, más bien parecen aprovechar las crisis para blanquear su corrupción e insultar a la población con sus conductas vergonzosas. No ha sido la ciudadanía quien ha marcado la agenda de los disparates reales.

Algunas lecciones de la historia nos recuerdan que es en los momentos de crisis cuando se producen grandes cambios, cuando la gente ya tiene bastante con lo que tiene como para seguir soportando humillaciones.

La cuestión es quien marcará la agenda de los cambios y si serán los monstruos autoritarios y neoliberales quienes sigan marcándonos el paso.

¿Monarquías que albergan espíritu republicano y repúblicas que esconden tics monárquicos o neoliberales?

No es un argumento nuevo, pero conviene tratarlo porque ha vuelto a lucir palmito entre los foros de opinión, del brazo de más vale tener virtudes republicanas que dedicarse a abolir la monarquía o mas vale un buen rey que un mal presidente.

Se nos plantean como dicotomías, pero se les olvida que hay otras opciones. ¿Qué tal una república que albergue virtudes republicanas?

Y qué decir de las monarquías que alientan el autoritarismo y callan o medran económicamente entre las maniobras de las políticas neoliberales y depredadoras.

Y que me dicen de aquello de que un mal presidente puede echarse a través de las urnas.

¿No hay correlación de fuerzas?

Depende de lo que estemos hablando. Si hablamos de partidos, en teoría, en el parlamento hay una mayoría de partidos que son republicanos y federales en sus principios fundacionales. Cuestión distinta es que, como en el caso del PSOE, hayan ligado por arriba (llamémosle, el aparato) su existencia a la monarquía y que, entre sus bases militantes o electorales haya una tensión no resuelta entre el sentimiento republicano y el monarquismo teóricamente coyuntural, aunque parece que el sentimiento republicano parece ir creciendo.

Será el propio PSOE quien decida de qué lado de la correlación de fuerzas pone las suyas, porque lo cierto es que, efectivamente, sin el PSOE no hay correlación de fuerzas en el arco parlamentario.

Cuestión distinta es la correlación de fuerzas en la sociedad civil, pero esa no la sabremos con certeza hasta que nos pregunten.

¿Y por qué no nos preguntan?

Unos, los de siempre, no lo hacen porque les importa muy poco lo que pensemos o digamos, mientras que no hagamos; y si hacemos o decimos nos condenan. Más que preguntarnos preferirían despacharnos con ¿Por qué no te callas? Porque, al fin y al cabo, son monárquicos de verdad, de los de derecho divino, besamanos y súbditos. Otros no quieren que se pregunte porque no quieren conocer una respuesta que les obligaría a posicionarse y le temen más a la opinión de los poderes fácticos que a la voluntad de la ciudadanía.

Pero a pesar de negativas indignadas de unos y las dudas de la razón de estado de otros, la petición de un referéndum se abre paso cada día con mayor claridad y firmeza.

Cierto es que habría algunos problemas; el simple hecho de solicitar un Referendum contiene unos pasos legales que hay que andar y se daría la paradoja de que el rey tendría que firmar el documento que le pone en cuestión. Por otra parte, tendría casi tanto coste político como emprender un cambio en la Constitución porque la locura autoritaria de la derecha ha llegado al grado de negarse al simple hecho de que se reincorpore a las encuestas del CIS la valoración sobre la corona.

Con todo, hemos llegado a un punto en el que en algún momento tendrán que preguntarnos de forma directa sobre la monarquía. Ya no vale una simple regulación de la transparencia de la familia real o un simple, “moderar” la inviolabiliad del rey. Ya no nos vale un estatuto de la corona y lo pasado, pasado y olvidado. Ese paso habría que haberlo dado antes, ahora ya no sirve.

No queda otra que preguntar y escuchar la respuesta ciudadana, que se dará con nuestras indignaciones, nuestras dudas, nuestras certezas y nuestras esperanzas; Como en todos los órdenes de la vida.

Y sí, en su momento, y con todas las garantías: un Referendum.

La alternativa sería dejar que la monarquía siga circulando como un muerto viviente mientras se nos corrompe el alma.

Lola Sanisidro, presidenta Ateneo Republicano de Puerto Real

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