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Leyendo un artículo en el magnífico blog de Agustín G. Lázaro donde repasa la figura de los campesinos jerezanos bajo la visión preclara de unos de nuestros más ilustres políticos de la tierra, Don Ramón de Cala, me vino al pensamiento lo necesario que es recordar y a partir de ahí reconocer y dar mérito a quienes sufrieron tanto. Analizando aquel periodo donde la primera república empezó a poner en primera linea ciertas formas de hacer política y donde en España los pobres comenzaban a reunirse para después de nuevo ser humillados y masacrados por los de siempre. No pude olvidarme de los gitanos.

Si bien en el campo la explotación hacia el pueblo era de proporciones bíblicas, en el caso del gitano se elevaba al máximo exponente. Una raza que lleva el arte impregnado en sus venas y que generación tras generación ha transformado la pena y la alegría en cante y en baile para el regusto de todos, pagó muy caro poseer aquella esencia tan innata.

Nada pasaba desapercibido para aquellos terratenientes latifundistas de las bodegas o ganaderías, y sin vacilar ni un instante, utilizaban en sus fiestas a sus gitanos. Cansados tras las peonadas, exhaustos y con no más que una sardina arenque en el cuerpo, un poco de queso o un cabero de pan de mala calidad se entregaban al destajo, para sacar algo más de jornal, regresando a sus precarios refugios, donde habitaban hacinados como bestias.

Aun así, tras ese largo día de labranza, el señorito se adentraba en la gañanía, sacaba del catre lleno de chinches y de su escaso descanso a los gitanos del cortijo. Tratando a la carne y al alma como propiedad privada, sin reparar en las necesidades del ser humano. Se llevaba a Manuel Vargas de la choza ante la mirada de tristeza y sumisión de su mujer e hijos, que conocían el peligroso estado de salud en que se encontraba y se preguntaban a qué hora volvería borracho de aquella fiesta opulenta, donde sin duda el vino de Jerez rebosaría y lo observarían como un animal de zoológico que sería devuelto a su hábitat natural tras cantar los fandangos oportunos y las bulerías que tanta gracia le hacía a la señorita Beatriz, convidada de Madrid.

Con el estómago tifo y el alma humillada, Manuel regresa, quizás con un regalo en forma de limosna o un mantoncillo para su mujer, en esa caridad que tanto ha servido para lavar las conciencias de los que presiden en forma de estatuas nuestras avenidas y plazas. Cada vez que alguien en Jerez me dice que los gitanos son flojos, el estómago me da un vuelco, cuando más en un pueblo donde como dice el gran Raimundo Amador en su canción: “Cuando llegan los días señalaítos hay mucho gachorcitos que son gitanos, visten gitano... y juran que su abuelo fue un buen gitano”.

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